- Esta es una sección de historias y curiosidades, extraídas de
libros y artículos y relacionadas de alguna forma con la madera y sus
oficios.
- Castellano: madera.
Inglés: wood
(botánica), timber
(construcción). Francés: bois.
Alemán: holz. Italiano: legno, legname. Holandés: hout. En la época romana se
denominaba materĭa.
El uso
de microlitos (pedazos de pedernal de borde
cortante de 1 a 5 cm) fijados
a un trozo de madera dieron lugar sobre el año 9000 a C. a la
fabricación de las primeras sierras.
Los
egipcios tenían pocas maderas de calidad y los
artesanos aprendieron a sacarle el mayor
rendimiento posible. Ninguna de ellas, acacia,
almendro, palmera, sicomoro, tamarindo, sauce, cedro y álamo eran
adecuadas para el trabajo de la ebanistería; algunas se empleaban para
realizar muebles sencillos, domésticos o féretros. Las demás
tenían que ser importadas. El ébano era muy apreciado y a
menudo se le incrustaba marfil y oro; el ciprés, enebro y cedro venían
de Siria y del Líbano.
El
ébano era la más valiosa, tanto que se usaba para pagar
tributos. Heródoto afirma que allá por el año 1930 a C. el faraón
Amenophis III envió cuatro camas, diez escabeles y seis sillas, todo
ello de ébano al rey de Babilonia. Eran
unos artesanos soberbios, a pesar o gracias a la carencia de buenas
maderas en el país. Inventaron numerosos ensambles, desde el
machiembrado a la cola de milano. El
ensamble que en castellano conocemos como "colas de milano", se llama
en inglés "colas de paloma" (dove tails) y, "colas de
golondrina", en francés (queues d'aronde) y en alemán
(schwalbenschwanz).
Chapeaban los muebles para disimular la madera
de inferior calidad y hacían incrustaciones de ébano, marfil, loza
fina, vidrios y piedras de colores. Los contrachapados gruesos los
fijaban con pequeñas espigas de madera. Usaban colas animales y
vegetales y barnices fabricados primero con óleo de cedro y
más
tarde con goma arábiga, extraída de la acacia y empleados como
sustancia protectora de los muebles y de las bellas pinturas e
incrustaciones con los que estaban decorados.
Algunas de las herramientas que empleaban eran parecidas a las que
utilizamos hoy. Usaban la azuela para nivelar superficies, como lo
haríamos hoy con un cepillo, para terminar de planear usaban una piedra
de pulir. La azuela consiste en un mango de forma peculiar, con un
remate plano e inclinado hacia atrás, que forma un ángulo prácticamente
recto con el mango; en este remate se coloca la hoja de bronce, que se
ata firmemente con unas correas de cuero.
Las
ruedas más antiguas que han llegado hasta nosotros fueron halladas en
tumbas de Mesopotamia fabricadas entre el 3000 y 2500 a C. estaban
hechas con tres tablones unidos entre sí mediante tirantes de madera y
el agujero del eje pertenecía al hueco natural dejado por un nudo
saltadizo. Las ruedas de radios, mucho más ligeras hicieron su
aparición hacia el año 1500 a
C.
En
las postimetrías del siglo I a. C, apareció el molino hidráulico,
probablemente basado en la rueda de agua del mismo período. Sin embargo
no es hasta el siglo XIII cuando la energía hidráulica es usada para
aserrar madera.
La
construcción de grandes catedrales Góticas (a partir del siglo XIII)
favoreció el desarrollo de los aserraderos hidráulicos por la gran
demanda de vigas y tablones necesarios para formar
estructuras, andamios, etc.
La primera representación gráfica de una sierra hidráulica aparece en
un dibujo de Villard de Honnecourt: los movimientos alternativos de la
hoja de la sierra se realizan mediante un sistema de levas en el eje de
la rueda hidráulica, en combinación con una vara, tipo ballesta, que
funcionaría a modo de resorte.
Este sistema, en principio tan elemental, que se benefia de la mecánica
simple del torno y el modelo de levas del batán (máquina
generalmente hidráulica, compuesta de gruesos mazos de madera, movidos
por un eje, para golpear, desengrasar y enfurtir los paños), sería
campo propicio para el desarrollo de los más diversos tipos de cigüeñal
y ruedas dentadas.
La
energía hidráulica también fue usada para el taladrado de la madera.
La obra de Salomón de Caus del siglo XVII Les raisons des forces
mouvantes incluye una representación gráfica de la forma de taladrar
troncos de
madera destinados a la conducción de agua.
En
la baja edad media grandes zonas de Europa estaban deshabitadas y los
propietarios de las tierras tenían que estar moviéndose continuamente
para administrar sus desperdigadas propiedades. Sus casas estaban lejos
unas de otras y permanecían casi vacías mientras el propietario estaba
ausente. El mobiliario tenía que ser pesado, inmóvil y construido en
las paredes para evitar que lo robasen o exento y fácil de desmontar
para trasladarlo de una casa a otra.
Una
gran familia podía tener más de cien personas. Se necesitaban muchos
caballos, carros y mulas de carga para transportar la colección de
arcones llenos de ricos tapices, cojines, ropas de cama, vajilla,
joyas, etc.
La
palabra mueble, del latín (mobĭlis)
que significa movible o móvil, es una reminiscencia de
aquella época.


La
silla nace como mueble ceremonial y suntuario. Es un mueble
característico de la civilización occidental.
En
la mayoría de las culturas no existe la silla; pensemos en cómo se
sientan los africanos, amerindios, asiáticos, esquimales...
Hasta
la época de los Reyes Católicos, los reyes castellanos se sentaban en
el suelo, sobre alfombras y cojines, al estilo árabe.
El
“estrado” era el sitio donde se desarrollaba la vida
cotidiana en
los palacios castellanos. Era una tarima de madera recubierta con
alfombras y cojines donde la gente se sentaba (no se usaban sillas).
Las
damas españolas siguieron utilizando el estrado hasta el siglo XVIII lo
que impresionaba a los visitantes europeos.
Los griegos
nos dejaron las palabras silla (cathedra)
y trono (thronos).
Una silla de aquella época es la
Klismos
que se
conserva en el Victoria Albert Museum, de Londres.
Durante
el siglo XVI, en Inglaterra, la banqueta fue evolucionando hasta la
incorporación de un respaldo, este nuevo mueble, llamado prudentemente
taburete de respaldo para no herir la susceptibilidad de la nobleza,
que seguía pensando que la silla era una prerrogativa propia de su
alcurnia, fue el precursor de la silla Windsor.
La
primera silla de la que pudieron disponer los campesinos.
Plinio
cuenta que el haya era una madera muy apropiada para la fabricación de
camas, mesas y arcas, siendo esta madera fácil de trabajar aunque se
quiebra y se dobla. Para obtener superficies pulidas se frotaban con
piel de caballo.
Los
muebles medievales respondían, ante todo a una concepción práctica. Así
el arca, que fue el mueble más común en la edad media, cumplía a la
perfección este objetivo, servía además de para guardar todo tipo de
enseres, como asiento, cama y mesa. En su forma más primitiva, aparte
del realizado ahuecando un tronco, consistía en cuatro tableros
verticales y una base, clavados o machihembrados entre sí, y con una
tapa. Esta construcción se mejoró colocando dos laterales verticales,
el frontal y la trasera y elevando la base o fondo para aislar de las
humedades del suelo.
En
China la fabricación de muebles no fue considerada nunca como un
verdadero arte, sin embargo desde tiempos muy remotos dominaron la
artesanía de la madera. Lo más destacable de la fabricación china de
muebles son las técnicas de ensambaje. Jamás usaron clavos, pocas veces
se sirvieron de las clavijas y la cola estaba mal vista.
Los
japonenes no fabricaron casi ningún mueble. Preferían sentarse en el
suelo. Las mesas que poseían, si no eran usadas se guardaban en
armarios empotrados. Era muy importante el tipo de madera de estas
mesas ya que nunca las cubrían con manteles.
En
la ciudad de Alcalá de Henares (hacia el siglo
XII), existía un barrio musulmán dedicado a la carpintería en
la zona llamada Almanxara o Almanjara. Estaba
situado donde están actualmente el Museo Arqueológico Regional y el
Palacio Arzobispal.

El
arte de la ebanistería nace en Francia en el siglo XVIII. A
partir de la década de 1840, en España los ebanistas comenzaron
aserrando
madera de las Indias en hojas muy delgadas, destinadas al revestimiento
de
otras especies más comunes. Este nuevo trabajo aportaba
al oficio de carpintero dos nuevos aspectos: el abaratamiento de la
producción y la posibilidad de emplear, por primera vez, mano de obra
no cualificada.
La construcción de muebles seguía siendo
propia de los carpinteros, pues eran estos quienes tenían la
cualificación adecuada para ello. Estas técnicas de revestimiento
contribuyeron a la reducción de los precios de las obras de
ebanistaría, hecho que permitió que las fortunas
medianas accedieran al mercado de mobiliario de calidad.
La expansión de la ebanistería supuso una cierta degradación del oficio
de
carpintero, no tanto por la expansión cuantitativa de los ebanistas, ya
que los carpinteros seguían siendo mayoritarios, sino porque anunciaba
los derroteros que iba a tomar el oficio en el siglo XX adaptándose a
una nueva estructura de mercado.


Se
tiene noticia de trabajos de taracea de la época sumeria en Mesopotamia
(3000 a. C.) y de la dinastía Ming (1368-1644) en China. Se difundió
por Asia Menor (actual Turquía) y más tarde los romanos la adoptaron
cuando entraron en contacto con el mundo helenístico. Llamaron a este
arte
incrustatio
o
loricatio.
Plinio el Viejo hace una extensa
descripción de esta técnica en su obra
Naturalis historia. Las
piezas con que se hacían las incrustaciones, las llama
crustae. Los árabes
introdujeron esta técnica en España, por eso taracea deriva de la
palabra árabe-
hispana tarsí', que
significa incrustación.
En
el Renacimiento, en Italia, tuvo lugar una revitalización de esta
decoración conocida como
tarsia,
intarsia
o
certosina,
que se utilizaba mucho en las cajas y arcones. Consistía en incrustar
piezas de marfil o
hueso en una superfície de madera de ébano o nogal haciendo
dibujos geométricos.
En el primitivo trabajo de la taracea,
la decoración se hendía y fijaba a unos agujeros vaciados en la
superficie del panel, pieza a pieza. A medida que los artesanos iban
adquiriendo más destreza, se aplicaron enchapados o chapeados. Las
líneas que dejaban los cortes de sierra se rellenaban con cola teñida
para dar nitidez al dibujo.
También en el siglo XVI se empezó a utilizar otra técnica en Italia
llamada
le pietre dure
(piedras duras). Consistía en incrustar piedras, mármoles pulidos,
ágatas y lapislázuli en los escritorios y arcones. El embellecimiento
de los arcones alcanzó su máximo explendor en este siglo.
En
nuestro país, hay tendencia a utilizar principalmente dos técnicas de
taracea: los embutidos sobre macizo —«pinyonet», «gra d'arros», «grano
de trigo»— y la taracea «en bloque». La primera se lleva a cabo con
madera de nogal sobre la que se realizan pequeños entalles, en los que
se van a embutir piezas de hueso de vaca —que en catalán se denominan
«marquéis»— de formas preferentemente triangulares y romboidales, y
filetes de madera de boj formando en conjunto diseños de marcado sabor
islámico.
La otra técnica, que se denomina taracea
granadina, ya desde el siglo XVI, se realiza según el procedimiento de
la «tarsia a toppo», con múltiples maderas, hueso o marfil y metal
plateado, formando mosaicos de complicados esquemas geométricos, de
origen medieval e islámico. Su procedimiento consiste en encolar entre
sí un determinado número de listoncillos de sección y material
predeterminados, según el dibujo a realizar, para formar un haz o
bloque que después se secciona, formando pequeños mosaicos de espesor
similar; éstos se encolan sobre la superficie del mueble a decorar,
formando composiciones repetitivas «ad infinitum», sólo interrumpidas
por platabandas o almenados de morlones de tipo cordobés. La aplicación
de estos elementos puede realizarse ocultando la totalidad de la
superficie a decorar o incrustándolos en cajeados practicados para tal
fin. Con este procedimiento técnico se realizan, tanto la taracea
granadina, cuyos motivos son lacerías musulmanas, como otras, de formas
geométricas más simples, en las que no suele utilizarse hueso, que se
pueden localizar en zonas tan apartadas de Andalucía como Cataluña, con
una fuerte influencia italiana.
Otra técnica es la «tarsia
pictórica», que en nuestro país apenas se trabaja en el
siglo XVI. Su prestigio se debe, principalmente, a su importación
procedente de Nuremberg y Augsburgo, desde la época de Carlos V hasta
la de Felipe III. La documentación del reinado de Felipe II hace
continuas referencias a muebles de «marquetería de Alemania».
Es
una antigua técnica genuinamente china. Su ejecución, extremadamente
laboriosa, consistía en tallar una superficie formada por gran número
de capas de laca (¡hasta 500!) aplicadas sobre el mueble. El grosor del
conjunto de capas de laca debía de ser al menos de 20 o 30 mm. ¡Cada
una de las capas debía dejarse secar al menos durante quince días!

En
el siglo XVI, el gremio de carpinteros está ya delimitado con precisión
y se regula mediante una serie de ordenanzas que rigen todas sus
actividades, estipulando las maderas a utilizar, su procedencia, sus
tamaños y sus cortes, a la vez que se dan normas para la construcción
de muebles, armaduras y otras obras de su competencia.
Un
ejemplo significativo lo constituyen las Ordenanzas de Toledo,
aprobadas y confirmadas en 1551, que son pedidas por los carpinteros
toledanos «viendo la desorden que avia en las obras y exercicios de los
dicho oficios de carpinteros». Surgen, pues, como un elemento de
organización y de protección, tanto de los propios carpinteros entre sí
—estableciendo un examen obligatorio para poder abrir tienda— como de
los propios ciudadanos, al estipular detalladamente las formas de
construir los diferentes muebles, marcando el grosor y las dimensiones
de los tableros y la manera de ensamblarlos.
En estas
Ordenanzas toledanas, se clasifican los carpinteros en dos grupos: «de
lo blanco y labrado» y «de lo prieto y tosco» y, como ya se ha
señalado, se establece la obligatoriedad de examen, tanto para tener
tienda como para «labrar obras de fuera».
El carpintero que
en las Ordenanzas se denomina «tendero», es el que se encarga de la
construcción de los muebles, que se describen técnicamente en el mismo
documento, que en el caso de Toledo son: «mesas de goznes», «arcazes»,
«arcas embasadas de molduras», «medias hanegas», «arcas encoradas y
guarnecidas», además de puertas, ventanas, postigos y púlpitos. A su
vez, el que se examina de «obras de fuera» es el encargado de labrar
armaduras normales y con «mocarabez», medias naranjas, etc.
A
medida que nos adentramos en la segunda mitad del siglo XVI, se produce
una mayor especialización en la elaboración del mobiliario,
definiéndose las figuras de ensambladoresy entalladores y, además, se
sientan las bases para el nacimiento de la ebanistería, en el mismo
seno del grupo de los ensambladores. En los inventarios de bienes de
Felipe II ya se citan algunos «ensambladores de ébano» —a partir de los
cuales en el siglo XVII se configuran los ebanistas— como artífices
especializados en el trabajo del ébano y de otras maderas exóticas, en
general americanas. En la segunda mitad del siglo XVI, aumenta el uso
de este tipo de maderas preciosas, para muebles de lujo, aunque sin
llegar, en ningún caso, a suplantar la madera española más apreciada de
cualquier época: el nogal.
Esta madera es la que utilizan
los ensambladores, para construir todo tipo de muebles de calidad,
combinando nogal bravío, de tonalidad oscura y grano apropiado para la
talla, en las zonas visibles, con nogal de ribera —más claro— para
gualderas, traseras, y fondos de cajones y gavetas; las estructuras y
zonas ocultas a la vista se suelen trabajar con madera de pino.
Se
puede decir que en España, el nogal es de uso universal, pues es
utilizado abundantemente en todas las regiones. En algunas zonas de la
cornisa cantábrica —País Vasco y norte de Navarra— hay tendencia a
utilizar el roble y en Levante a trabajar con pinos de diferentes tipos.
Desde
el punto de vista de las técnicas, diremos que el mueble español del
siglo XVI es obra de ensamblador, es decir, está formado bien por
tableros enterizos, que no se van a chapear, ensamblados a lazo de cola
de milano, o bien por estructuras de bastidor y paneles, con montantes
y travesaños atarugados con clavijas de madera y paneles unidos a éstos
mediante ranuras y rebajos. En lo que se refiere a sistemas
constructivos, no hay muchas variaciones. Para la decoración de los
muebles, sin embargo, se recurre a un más amplio abanico de
posibilidades, siempre dentro de los límites que marcan los
condicionantes técnicos de la época, sobre todo en lo que se refiere a
los métodos de chapeado y de marquetería de procedimiento clásico
(tarsia pictórica), que se usan muy poco en los muebles renacentistas
españoles.
En
el siglo XIX, en España, los carpinteros de ribera (los que construían
barcas y buques) estaban considerados como los de mayor cualificación
técnica y los que cobraban mayor salario, dentro de todos los
oficios en general, no sólo dentro de la madera, tanto es así que desde
1800 no eran los maestros del gremio los que otorgaban las maestrías a
sus compañeros, sino que estas eran concedidas por las autoridades de
la marina. Eran los maestros de este gremio los que impartían las
clases de Arquitectura Naval de la Escuela Náutica.

La
escultura sobre madera se trabaja de dos formas diferentes: talla
directa y talla aplicada o sobrepuesta. Ambas pueden ser encontradas en
diversos puntos de la geografía peninsular, pero en Cataluña y en la
Corona de Aragón se prefiere la segunda, realizada sobre paneles de
madera de boj tallados a bisel y calados —con temas góticos— o en
bajorrelieve —con temas platerescos— aplicados sobre fondos de cuero,
tejido o papel; esta técnica, según Mainar, se conoce en el siglo XV
como «Obratge de Barchinona». En Castilla se prefiere realizar talla
directa sobre nogal, cualquiera que sea el tipo de relieve, y sólo
cuando se trata de decoraciones arquitectónicas —columnillas,
balaustres, frisos, frontones, etc.— se suelen aplicar tallas
superpuestas. En el Norte de la Península es donde con más frecuencia
las decoraciones se realizan mediante tallas directas excavadas o
ahuecadas.
Por influencia italiana, es frecuente encontrar
muebles, en general de pequeño tamaño, decorados con estuco relevado
(pastiglia), dorado y policromado.
En el siglo XVI, las
maderas, lisas o labradas, se pueden dejar «en blanco», es decir en su
color natural, o se enriquecen mediante técnicas pictóricas como el
policromado, el dorado yel estofado. De éstas, la última es la más
compleja, pues requiere la combinación de las dos primeras; la
superficie de madera a decorar se estuca y se dora, pintándose a
continuación con óleo ocultando los panes de oro. Una vez seco, se
raspa la policromía haciendo reaparecer el dorado. El resultado
consigue efectos de gran riqueza.

Parece
ser que el arco fue inventado alrededor del año 800,
probablemente por los habitantes de las estepas de Asia Central y, a
finales del siglo X ya existían laúdes de arco en toda Europa y en Asia.
En Europa los primeros instrumentos de este tipo fueron el rabel y el
fiddle. El rabel tiene una caja piriforme (en forma de pera) y un mango
corto tallado de una sola pieza. Las cuerdas se extienden desde un
puente situado sobre la tapa hasta las clavijas de afinación.
Por el contrario el fiddle está construido por secciones separadas y va
provisto de un clavijero discoidal en el que se insertan las clavijas,
de arriba a abajo. Las clavijas laterales del rabel permiten ejercer
la máxima tensión, mientras que la construcción segmentada del fiddle
proporciona una caja de resonancia más sensible.
Durante el siglo XV estos elementos se combinaron dando lugar a un
nuevo grupo de instrumentos. En España son conocidos con el nombre de
vihuelas y de ellos proceden la guitarra y la viola, más refinados y
elegantes que sus predecesores medievales. Allá por el año 1600, los
violines, que tienen el mismo origen, comenzaron a desplazar a las
violas en la música de la corte y pronto fueron aceptados en toda
Europa.

Los
carpinteros medievales que trabajaron en los reinos de Castilla y
León, convivieron con el mundo musulmán en cuyas decoraciones
proliferaban esquemas geométricos muy sofisticados. La especial
habilidad de estos carpinteros en el arte de construir armaduras, y a
su gran dominio de la técnica, les permitieron adaptar nuevos esquemas
geométricos orientales a sus estructuras, logrando unas soluciones sin
igual en el resto de carpinterías europeas.
Ésta
técnica que perduró durante siglos por casi todo nuestro territorio
pasó al vecino reino de Marruecos, arraigó firmemente en las Islas
Canarias, e incluso llegó con fuerza al continente americano poco
tiempo después del descubrimiento.
La
caraterística principal de esta carpintería consiste en la integración
de sus elementos resistentes dentro de una trama geométrica formada por
las denomidas ruedas de lazo, composiciones creadas a partir de parejas
de cintas que forman un sin número de estrellas, con frecuencia de
distinto número de puntas, que se relacionan entrte sí de acuerdo a
simples leyes que regulan estos trazados.
Todo
el trabajo se realizaba sobre armaduras denominadas de par y nudillo,
generalmente apoyadas sobre estribos atirantados, que llegaban a
tranformarse en más o menos complejas composiciones, lo que les
confiere un peculiar e inconfundible aspecto.
Tan
complejas armaduras se realizaban sin embargo siguiendo sencillas
recetas que hacían posible su ejecución sin más plano que una simple
muestra que se entregaba al carpintero, y a partir de la cual se
obtenían una serie de cartabones que permitían controlar todo el
trabajo.
El
trazado de las estrellas y las ruedas de lazo que de ellas dependían
era posible gracias también a otro juego de cartabones específico para
cada rueda de lazo. Bastaba seguir al pie de la letra las
correspondientes recetas que, facilmente memorizadas, permitían llevar
a cabo los más complejos trazados, incluso a carpinteros de cuyo
analfabetismo dan fe muchos contratos firmados por compañeros.
El carpintero sevillano Diego López de Arenas que a principios de siglo
XVII, ante la vergüenza producida por
los malos oficiales del gremio, sintió la necesidad de perpetuar tan
singular arte en su manuscrito Breve
compendio de la carpintería de lo blanco.
La
mesa de hojas deslizantes hizo su aparición allá por el siglo XVI. Se
inventó, probablemente, en
los Países Bajos, y se hizo muy popular en Francia e Inglaterra. Capaz
de duplicar su longitud, se adaptaba fácilmente a los comedores más
pequeños. Tenía un armazón de cuatro patas unidas por tirantes en la
parte superior y un friso encima. El tablero se apoyaba en el armazón,
pero no estaba unido a él. Tenía por debajo, en los extremos, una hoja
que se podía sacar hacia fuera y que descansaba sobre apoyos
corredizos. Cuando las dos hojas estaban sacadas en toda su extensión,
el tablero principal quedaba perfectamente encajado entre ellas. Este
simple mecanismo tuvo tanto éxito y fue tan popular que todavía se usa
hoy en día.
Las
bisagras embutidas por el canto (butt hinge en anglosajón, de culata,
traducción literal), son las que no se
montan sobre la superficie
sino en un rebaje del canto de la puerta. Ya se utilizaron en Francia
en el siglo XVI (aparecen
por ejemplo en alguna ilustración de Ramelli), pero se trataba de
objetos de lujo, hechos a mano, de latón y acero. En 1775, dos ingleses
patentaron un diseño para estas bisagras fabricadas con hierro fundido,
lo que resultaba mucho más barato. Sin embargo tenían un inconveniente,
no podían fijarse con clavos, porque éstos se aflojaban al abrir y
cerrar repetidamente la puerta. Era preciso atornillarlas.
El problema con los tornillos en el siglo XVI es que, comparados con
los clavos, eran demasiado caros. Un herrero podía producir clavos de
forma relativamente rápida: a partir de una varilla de hierro forjado
calentada al rojo daba forma a la punta martilleando el extremo romo,
luego recalentaba el clavo y con un pesado martillo le formaba la
cabeza. Este procedimiento, inventado por los romanos, seguía en uso a
comienzos del siglo XIX (los esclavos de Thomas Jefferson producían así
los clavos que se utilizaban en Monticello, la casa que él mismo diseñó
y que ha sido designada Patrimonio de la Humanidad). El proceso duraba
en total menos de medio minuto, especialmente para un "clavero"
experimentado. La fabricación de un tornillo era otra cuestión, mucho
más complicada. En primer lugar se daba forma a una espiga como un
clavo, con su punta y su cabeza. Luego se cortaba la ranura en la
cabeza con una sierra para metales. Finalmente se fileteaba la rosca a
mano.
Casualmente, en ese mismo momento en que se popularizaban las
bisagras por el canto, se perfeccionaba una técnica para
fabricar tirafondos baratos
y de buena calidad. Años antes Job y William Wyatt, dos hermanos de
Staffordshire, en las Midladns, se habían propuesto mejorar la
confección de tornillos. En 1760 patentaron un método para fabricar
tornillos de hierro, comúnmente llamados tirafondos de una forma mejor
que la practicada hasta ahora. Ese método constaba de tres operaciones
distintas. En primer lugar, el operario colocaba una espiga lisa en un
torno equipado con un mecanismo impulsor de polea y daba forma a la
cabeza avellanada con una lima. Luego cuando paraba el torno, utilizaba
una cuchilla rotatoria para hacer la ranura de la cabeza. Finalmente
colocaba la espiga en un segundo torno para cortar la rosca. Esta era
la parte más original del proceso. En lugar de guiar a mano la
cuchilla, ésta estaba conectada a un tornillo-guía, de forma que la
operación era automática. Así, en lugar de emplear varios minutos para
hacer un tornillo, el operador del torno podía fabricar uno cada seis o
siete segundos.
El nombre latino del tornillo
es cochlea, que en griego designa al caracol
o a su concha. En cuanto al nombre latino de la vid es vitis, de donde proviene el término
francés para tornillo, vis (y de ahí el inglés vise).
RYBCZYNSKI, W. (2001). LA MEJOR HERRAMIENTA
DEL MILENIO. La fascinante historia del tornillo y el destornillador.
Planeta 2MIL1.

El
torno
cuenta con una larga historia; al parecer se trata de un invento
europeo, ya que los ejemplares más antiguos que se conocen de algo
fabricado con un torno son cuencos, uno etrusco del siglo VIII a. J.C.
y otro del siglo VI a. J.C. que se encontró en la Alta Baviera. Aunque
no cabe duda de que esos dos objetos de madera fueron torneados, el
diseño del torno empleado en uno u otro caso nos es desconocido. La
tecnología del torneado se extendió más tarde al resto del mundo
mediterráneo, incluido Egipto, donde se ha hallado el dibujo más
antiguo de un torno en un bajorrelieve del muro de una tumba egipcia
que data del siglo II a. J.C. La pieza que se está torneando, que
parece ser una pata de algún mueble, se mantiene verticalmente en un
marco. El tornero sostiene una herramienta cortante que parece un
escoplo; su ayudante tira hacia atrás y hacia delante de una cuerda
enrollada a la pieza, haciéndola girar en ambos sentidos, y el tornero
corta sólo en una dirección. El bajorrelieve egipcio muestra al tornero
y su ayudante trabajando arrodillados en el suelo. Los romanos
trabajaban erguidos, quizá porque habiendo inventado la garlopa,
necesitaban una superficie plana a la que pudiera fijarse la pieza a
trabajar y el resultado fue el primer banco de carpintero.
El primer torno de precisión se construyó a finales del siglo XVIII por
Henry
Maudslay. Inventó la corredera, una barra
absolutamente recta sobre la que se deslizaba el portaherramientas.
Aunque ya Leonardo da Vinci había esbozado un artilugio similar, nunca
se había puesto en práctica. No cabe subestimar la importancia de este
invento; en los tornos anteriores, el tornero guiaba la cuchilla a
mano, pero ahora la corredera permitía que ésta se moviera suave y
precisamente a lo largo de la pieza a trabajar. Su primer éxito (en
1797) lo consiguió con un torno para cortar largos tornillos que
incorporaba un tornillo regulador de 90 cm de longitud. Más tarde,
siguiendo los pasos de Leonardo, añadió engranajes intercambiables para
fabricar tornillos de diferentes diámetros y paso de rosca. Inventó y
produjo una gran cantidad de máquinas, para hacer planchas de metal,
para troquelar monedas, para imprimir, pero lo que le dio mayor fama
fueron los primeros motores de vapor para barcos. El siglo XVIII vio
muchas mejoras del torno.
En 1710, un sueco contruyó un torno para un corte preciso de tornillos
de hierro; cincuenta años después, un francés completó un torno
industrial con carro transversal; hacia 1796 un mecánico de Rhode
Island construyó un torno avanzado para la fabricación de
tornillos, pero fue Maudslay quien sintetizó todas esas
características y produjo el primer torno capaz de trabajar a gran
escala, que iba a ser la herramienta madre de la era industrial.
También propugnó la uniformidad de los tornillos de forma que cualquier
tuerca se ajustara al correspondiente perno, hasta entonces cada par de
tornillo y tuerca era único. Maudslay murió en 1831. La inscripción
grabada en su tumba lo describe como "ingeniero eminentemente
distinguido por la precisión matemática y la belleza de sus
construcciones", pero uno de sus obreros, en el epitafio que pronunció
dijo: "Era un placer verle cogiendo la herramienta que fuera, pero con
la lima de 45 cm era auténticamente espléndido".
RYBCZYNSKI, W. (2001). LA MEJOR HERRAMIENTA
DEL MILENIO. La fascinante historia del tornillo y el destornillador.
Planeta 2MIL1.

A lo largo
de la historia de la
humanidad, la madera ha sido el héroe
silenciado de la revolución tecnológica. Todas las grandes
civilizaciones se han servido de ella: los árboles han sido el
principal combustible y el material de construcción principal.
Tanto es así que los escritores de la antigüedad observaron que
los bosques retrocedían, a medida que crecían las civilizaciones, en
sentido contrario, los bosques tienden a regenerarse cuando una
sociedad entra en decadencia. Los árboles han suministrado el
material para
encender el fuego, gracias al fuego se pudo habitar en climas
fríos, se transformaron en alimentos cereales que no podían comerse
crudos; se transformó la arcilla en cerámica, se extrajo el metal de la
piedra, lo que revolucionó los aperos agrícolas, los utensilios y las
armas, se pudieron producir materiales de construcción duraderos, como
el ladrillo, el adobe, la cal... El carbón vegetal y la madera
proporcionaron el calor necesario para evaporar el agua de mar y
producir sal, fundir potasa y arena para fabricar vidrio, cocer el
pan...
El transporte hubiera sido impensable sin la madera. Los barcos de
cabotaje de la Edad de Bronce hasta la fragata del siglo XIX, se
construyeron de madera (cuero y caña eran más frágiles para soportar
grandes pesos). Carros, carrozas y carretas, eran esencialmente de
madera, barcos de vapor y locomotoras de ferrocarril utilizaron la
madera como combustible. Embarcaderos y muelles, puentes, traviesas de
ferrocarril, ruedas hidráulicas, molinos de viento (principales
productores de energía hasta que se dispuso de la eléctrica), arados y
aperos con mango de madera, toneles y barricas y las herramientas de
carpintero también son en parte o en su totalidad de madera.
La madera
era la base en la que se asentaban las civilizaciones antiguas y estas
reconocían su deuda con la madera. Platón
escribió que todas las artes y oficios derivaban de la minería y la
selvicultura. Lucrecio, el filósofo latino creía que la madera hacía
posible la minería y la civilización. Plinio, coincidía con Lucrecio en
que la madera era indispensable para el mantenimiento de la vida.
Cicerón explicó la importancia de la madera para la civilización
romana: "Cortamos árboles para cocinar los alimentos, edificar,
protegernos del calor y el frío... y también para construir barcos que
naveguen en todas direcciones para traernos todo lo necesario para
vivir". Lucrecio decía que madera proporcionaba el calor para extraer
metales, los metales podían fundirse y moldearse de cualquier
forma, de ahí las herramientas, que a su vez hicieron posible la
selvicultura y la carpintería al permitir a los seres humanos "talar
bosques, cortar la madera, desbastarla e incluso labrarla con el
taladro, el cincel y la gubia". Así surgió la civilización, según
Lucrecio.
PERLIN, J. (1999). Historia
de los bosques. GAIA Proyecto 2050. Madrid.
La madera, además de soporte para la mecánica medieval, se puede decir
que informó de tal manera esta época que sin su concurso difícilmente
hubiese existido desarrollo alguno. Lewis Mundford no exageraba al
decir que "la gran conquista racional del hombre del medio ambiente es
obra, fundamentalmente, del hombre del bosque. En parte, la explicación
de su éxito puede descubrirse en razón de los materiales que usa. Pues
la madera, mucho más que otro material natural, se presta a la
manipulación: hasta el siglo XIX ocupó un lugar en la civilización que
los metales mismos hubieron de tomar sólo después de aquel momento".
Tal fue la dependencia de la madera durante la Edad Media que no
resultan sorpresivas las rígidas medidas que, en algún momento, fue
preciso adoptar ante la gran deforestación que su uso provocaba. Jean
Gimpel alude a un caso extremo y sobrecogedor en el norte de Francia
durante el siglo XIII: "La madera era tan rara y tan cara que para
enterrar a sus muertos, los pobres alquilaban un féretro, pues no la
podían comprar". Supuestamente que hubiese donde caerse muerto, pues,
además de la tierra y sus bichos, los bosques eran propiedad muy
restringida y objeto de celosa administración dada la demanda de
materia prima y el consiguiente beneficio.
LEGAZPI,
J.M. (1991). Ingenios
de
madera:
Carpintería mecánica medieval aplicada a la agricultura.
Caja de ahorros de Asturias. Asturias.
EL OFICIO DE CARPINTERÍA EN LA HISTORIA.
La madera, recurso estratégico
Según Lucrecio las herramientas
hicieron posible la industria forestal y la carpintería al permitir
talar árboles, cortar la madera, desbastarla e incluso labrarla
con el taladro, el formón y la gubia.
Sin embargo esta relación, como
se ha puesto de relieve recientemente no ha sido casi nunca sostenible
porque provocaba un círculo vicioso de consumo y
destrucción. En efecto, para obtener metales se utilizó hasta el siglo
XVII la leña y el carbón vegetal, lo cual arrasaba bosques enteros. La
propia minería consumía grandes cantidades de
madera. La existencia de herramientas metálicas favorecía las otras dos
grandes aplicaciones de la madera, la industria naval y la construcción
civil (ladrillos cocidos y vigas de madera), por
lo que se hacían necesarias nuevas y abundantes talas. Las talas
indiscriminadas y abusivas tuvieron en la antigüedad importantes
repercusiones ecológicas y cambiaron la superficie de la
tierra, los ríos y las ciudades. Mientras fue el materia prima básica,
la madera fue un recurso estratégico que aseguraba el predominio
político y militar por lo que todas las grandes civilizaciones e
imperios debieron asegurarse primero su suministro.
La civilización mesopotámica (unos 6000 años a de C) carecía de piedra,
metales y madera por eso buscaban los bosques de cedros y las montañas
de plata en los territorios del Este.
La civilización egipcia (unos
3000 años a de C) no disponía de grandes escuadrías por lo que se veían
obligados a importarla de
Fenicia (hoy el Líbano) con destino a la construcción naval.
Mesopotamia según relata el poema de Gilgamés (2700 años a de C) arrasó
sus bosques y se vio obligada a traer madera de Lagash (actualmente
Turquía). Desde la civilización de Cnosos (2000 a de C) el carbón
vegetal
ha sido el combustible ideal para obtener metales (según
relata Plinio en sus Historia Natural).
La civilización micénica (1200
a de C) producía cobre para la fabricación de hachas, azuelas y sierras
en
tales cantidades que consumieron todo el combustible vegetal y hubieron
de cesar en 1050 a de C, con el consiguiente declive de su población y
su cultura material.
La
civilización griega (desde el 700 a de C) empleaba también hornos de
carbón vegetal
para fundir sus herramientas. Los romanos expoliaron los bosques de
chipre para relanzar la minería y la fundición de cobre así como el
cocido del ladrillo (unos 500 millones de pinos). Las autoridades se
vieron obligadas a limitar la tala indiscriminada para asegurar su
propia subsistencia.
Organización gremial
Ya los romanos se organizaban en sociedades
obreras, que funcionaban no tanto como sindicatos, sino como clubs
sociales: organizaban sus fiestas e
intercambiaban experiencias. Los carpinteros también lo hacían así y
cada nuevo miembro, pagaba una cuota de entrada; junto con los recursos
de mecenazgo, estas rentas de cofradía permitían a sus miembros
disfrutar de los banquetes y proporcionarse unos funerales decentes, a
los que también seguía un banquete.
Los gremios de la Edad Media nacen, en cambio, como hermandades o
cofradías con finalidades cooperativas, de defensa propia y con
carácter religioso. Sus miembros están
gerarquizados y existe una rudimentaria formación reglada con
aprendizaje y exámenes. Entre ellos se establecen reglas laborales
próximas a nuestros actuales 'convenios colectivos'. Los salarios
solían estar fijados y eran revisados por el gobierno. Sin embargo
seguían pareciéndose a los romanos en su gusto por los banquetes y
funerales. Eran herméticos y constituían monopolios exclusivistas y
proteccionistas.
El gremio de carpinteros tenía en algunas ciudades la
obligación de apagar los incendios, seguramente por aquello de que 'el
que la hace la paga'. La jerarquía de mayor a menor era: el alcalde,
veedor, inspector y examinador. El último eslabón era el aprendiz, mozo
de oficio o peón.
Desde los árabes se mantiene la distinción entre alarifes o
constructores (más parecidos a los arquitectos o aparejadores de ahora)
y artesanos, herreros, tejeros, albañiles,
canteros y carpinteros, aunque estos dos últimos oficios podían llegar
a unificarse. Los grupos más importantes eran los carpinteros de lo
prieto (los que hacían ruedas y carros) y los carpinteros de ribera
(los que fabricaban barcos). Los carpinteros eran un grupo creativo y
especializado. Los había torneros, carreteros, carpinteros de lo
blanco, de ribera, o carpinteros a secas. Los carpinteros se
diferenciaban de los aserraderos o fragueros y formaban parte de lo que
hoy denominamos Segunda transformación o elaboración de la madera.
Los primeros estatutos que conocemos son los franceses, de finales del
siglo XIV y distinguían entre mueblistas (menuiseures) y carpinteros de
armar (charpentiers). Sus estatutos estuvieron vigentes hasta 1645. En
ellos se establecía que un maestro no podía tener más que un aprendiz.
El aprendizaje duraba 6 años y se terminaba con una especie de trabajo
fin de carrera que examinaba un jurado. El jurado estaba compuesto por
6 miembos y un síndico elegido democráticamente. Cada maestro recibía 4
veces al año visitas del jurado, que se aseguraban así, del
aprovechamiento del aprendiz y las condiciones de trabajo. Si el jurado
no estaba conforme con algo, se podía retirar la licencia al artesano.
Se revisaba la marca con que se 'firmaban' las obras, ya que cada uno
tenía la suya. El carpintero debía poseer ciertas nociones de
aritmética y de geometría descriptiva para poder trazar planos.
Durante la Edad Media, las grandes obras, como las catedrales, estaban
a cargo de un maestro contructor, que diseñaba los planos de obra y de
carpintería y a quien estaban sujetos los demás oficios, entre ellos
los de carpintería y vidriería. El maestro contrataba y despedía y
pagaba a los equipos, los cuales sin embargo, mantenían sus autonomía y
firmaban muchas veces sus obras. La Ilustración se encargaría de acabar
con el sistema, pero también de darnos a conocer el estado del arte de
la carpintería gracias a la Enciclopedia.
El los siglos XIX y XX tanta exigencia dejó además de tener sentido
ante la disminución del trabajo; el hierro comenzó a imponerse como
material de construcción.
Precios y salarios
Desde la Edad Media, excepto el oficio de armas,
que estaba bien pagado, los demás obreros vivían mezquinamente. Para
aquella minoría
adinerada y poderosa trabajaban todos los oficios y en particular los
carpinteros. Además de estos clientes laicos muchos trabajaban
exclusivamente para los monasterios y la Iglesia, donde se exigía un
alto nivel de calidad. El nivel técnico alcanzado era altísimo como lo
prueba la pervivencia de muchísimas obras a lo largo de siglos. Los
pagos (en dinero o en especies) se hacían en tres plazos: al comenzar,
a la mitad y al acabar las obras. Otro sistema era el de certificación
y pago de partes realizadas.
La jornada de trabajo no se sabe con
certeza aunque se supone que era de sol a sol. Algunos datos que
tenemos es que un carpintero hacia 1580 cobraba 3 reales/día, igual que
un cantero y un albañil, mientras que un maestro de oficiales de
carpintería cobraba en 1562, 5,5 ducados/día (un ducado = 375
maravedís, 1 maravedí en 1598 equivale a 100 ptas en 1998 y un ducado a
37.500 pta). Otro dato orientativo son los precios de las viviendas (el
alquiler anual de una casa en Cuenca en 1577, era de 14 ducados y en
1597, de 6,2 ducados). En 1748 en Canarias una puerta exterior cuesta
110 reales, una ventana
simple, 100 reales, una ventana doble 160 reales y una escalera 250
reales. 5 ventanas altas iguales, 600 reales. En 1757 la hechura de
puertas tableradas 30 reales (descontando la madera). Los marcos se
facturan aparte. En 1783 por la hechura de tres puertas y una ventana,
18 reales de plata, por su colocación 4 reales. La madera para
hacerlas, 27 reales. Los marcos valen 20 reales la madera y 10 reales
la hechura. Los herrajes de esas tres puertas (incluyendo argolla, dado
y zapata) 12 reales.
Enseñanza
La organización del aprendizaje era la siguiente. En la cúpula del
equipo figuraba un maestro que tenía a su cargo uno o varios oficiales.
A su vez los aprendices se ponían bajo la tutela de los oficiales para
su instrucción. La obligación del oficial era atender la manutención
completa del aprendiz y enseñarle el oficio. El tiempo de aprendizaje
solía durar entre 3 y 4 años y luego se sometían a un examen, como
queda dicho. El objetivo final era limitar el número de maestros y
evitar una excesiva competencia. El examen tenía una parte teórica y
otra práctica (ejecución de puertas, ventanas y armaduras, etc.).
El 28 de febrero de 1787 una orden del conde de Floridablanca
estipulaba que no se concediesen títulos de arquitectos y maestros de
obras sin que los artesanos fuesen examinados por la Real Academia de
San Carlos de Valencia o la de San Fernando de Madrid. Se trataba de
instaurar arquitecturas eruditas con los estilos al uso.
Contratos
Desde la Edad Media los contratos de carpintería entre
propiedad y artesano se elevaban a público ante notario, regidor o
escribano
público con expresión detallada de la obra a realizar, especies de
madera, calidades y mediciones, cantidades recibidas a cuenta y
adeudadas a plazos convenidos. Los pagos podían ser dinerarios o en
especies (normalmente en fanegas de trigo). El carpintero podía
encargarse o no de la compra y acopio de la madera y del resto de
materiales (clavos, etc.).
Almacenes
Especialmente después de las deforestaciones de los siglos
XV y XVI se dictaron severas ordenanzas para los turnos de corta y se
comenzaron a
hacer algunas repoblaciones. Las Ordenanzas de Carlos III, las primeras
reglamentaciones que conocemos, demuestran que los precios estaban
intervenidos. En ellas se indicaba que “Todas las personas que tuvieren
corrales de madera deben acudir a Madrid en su Ayuntamiento para que se
les dé precios de cómo han de vender cada género, no siendo ellos los
árbitros, como lo han sido hasta ahora, para alterarlos cuando se les
antoja. Así una viga para una prensa de almazara, valía 110 sueldos (1
sueldo de 1598 equivale a 1.700 pta en 1765). Cada madero de a diez,
doble, tiene catorce pies de largo (1 pie = 0,378 m) y por tabla siete
dedos (1 dedo = 1,737 cm ó 1/16 de pie) y por canto cinco de vara
castellana (una vara castellana = 0,86 m); éstos siendo de buen ley,
valen a seis reales y cuartillo de vellón” (un real = 34 maravedís y un
cuartillo de vellón = 8,5 maravedís). Todos los alarifes municipales
debían entrar en los almacenes de madera para comprobar que ni las
lluvias ni los soles habían deteriorado el género y los almacenistas no
podían impedir la entrada bajo pena de doscientos maravedíes de multa y
aun de azote. Los contratos particulares insistían en considerar sólo
el duramen, despreciando la ‘madera blanca’, y que fueran sanas y
limpias. Desde el siglo XVII se importa madera de abeto y roble
europeo. Antes se había empezado a traer maderas nobles de América.
TECNOLOGÍA DE LA CARPINTERÍA EN LA HISTORIA.
Un apunte histórico
La historia de la carpintería está íntimamente
relacionada con dos factores. Uno técnico, en cuanto al desarrollo de
la tecnología de la madera (corte, secado, uniones, acabados, etc) y
otro cultural, como un elemento más de la construcción (estilos
arquitectónicos, muebles, etc.).
Edad Antigua
La arqueología ha descubierto la existencia de sierras y
formones (incluso de oro) en tumbas y sarcófagos sumerios). La
civilización egipcia, especialmente el Nuevo Imperio, posee un
carpintería y un mobiliario avanzado, fruto de cuarenta siglos de
civilización y que conocemos gracias a los descubrimientos
arqueológicos recientes (siglo XX). Los ensambles se hacen a caja y
espiga y se usan unas pocas clavijas de madera. Los clavos metálicos no
se conocen. Las superficies se cierran con bastidor y tablas que se
insertan en él verticalmente. Los egipcios empleaban casi
exclusivamente maderas importadas, sobre todo de Cilicia especialmente
el olivo, la higuera, el sicomoro, el tejo y el cedro. Además
desarrollan el arte de la incrustación del marfil, nácar y oro. Como
herramientas, se valían fundamentalmente del formón con el que
realizaban desde tallas de adorno, hasta paneles de muebles y otros
objetos de uso doméstico. La carpintería asiria y persa es parecida a
la egipcia y solo aporta el empleo de grapas metálicas en las uniones y
la tornería. La carpintería griega y romana es de construcción rígida y
líneas sobrias. Al igual que de las civilizaciones mesopotámicas
conocemos su forma por inscripciones, pinturas, relieves y escritos ya
que no han llegado hasta nosotros ningún resto. Los romanos conocían el
cepillo de carpintero, además de las gubias, azuelas, formones, tenazas
y martillos, clavazón de grapas y lañas.
La Edad Media
Como ya se dicho en diversos lugares, el hundimiento del
Imperio romano hizo retrocederla tecnología hasta niveles arcaicos pero
desde los romanos hasta la alta Edad Media. En los siglos X y XI los
paramentos ya se empanelaban con un armazón y tablas grapadas en
vertical. Hacia finales del siglo XIII se difunde en casi toda Europa
un estilo arquitectónico avanzado, el gótico, con una carpintería más
refinada en lo formal (arcos ojivales, paneles en relieve con
decoración ‘plegada’, etc.) y en lo tecnológico. Aunque domina la
talla, se desarrolla el panelizado a base de bastidor enclavijado y
plafón. También comienza el chapado con especies nobles (fresno, arce,
etc.). Se mejoran los ensambles y las fijaciones a base de clavijas,
grapas y lañas. Se empiezan a usar colas de origen animal. Desde el
siglo XIII se tornea la madera siguiendo la tradición hispano-musulmana
y se recuperan herramientas que ya utilizaban los romanos. La riqueza
de motivos ornamentales en los muebles nos permite deducir la
recuperación, para el taller, de azuelas, pequeñas sierras, cepillos,
berbiquís, gubias y formones.
La cerrajería alcanza en esta época un desarrollo notable. No hay que
olvidar que desde el siglo XII existen
forjas hidráulicas en Europa al dominar la tecnología de reducción del
mineral de hierro en hornos de leña y carbón vegetal.
El acabado de las piezas es basto: en piezas de construcción se deja
muchas veces la cara
hendida que deja la fibra entera. El acabado fino es a base de azuela
que deja una superficie lisa pero de relieve ligeramente escamado. La
azuela era muy difícil de manejar, tenía un gran filo y pesaba unos 2,5
kg. Al contrario que el aserrado al hilo, el escuadrado exigía más
habilidad que fuerza porque cualquier mella podía echar a perder todo
el trabajo. Aún hoy es un acabado que se aprecia y se imita.
Renacimiento
A partir del Renacimiento el artesano de la madera sale
del anonimato, se abandonan las rusticidades de otros tiempos y se gana
en refinamiento. Se especializa en ebanista (mueble) y carpintero
(construcción y estructuras). Adquieren importancia los moldurados, que
exigen en el terreno tecnológico mejoras de las herramientas anteriores
(cepillos de moldurar boceles para tornear balaustres etc.). Se mejoran
con nuevos materiales los chapados a base de espejuelos, estucos (polvo
de yeso y cola), taraceas, etc. El Renacimiento italiano pone de moda
la madera de nogal y el castaño. Los acabados son mates y se oscurece
con barniz y mordiente. En Francia se emplea el roble y en Alemania se
emplean maderas más contrastadas y molduras más salientes. El
Manierismo enriquece y complejiza las formas clásicas, lo que repercute
en una tecnología más refinada por parte de artesanos y herramientas.
Barroco
Con el Barroco, Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Rococó en
Francia y Reina Ana, Georgiano y Chippendales en Inglaterra, los
artesanos se refinan a niveles nunca más alcanzados. La complejidad de
las formas curvas exige el dominio de la geometría y de los sistemas de
representación. Los ensambles son enormemente complicados. Con el
desarrollo de las artes decorativas se amplía el catálogo de maderas
exóticas y las oscurecidas con mordiente (ébano, palosanto, etc.). Los
acabados se enriquecen con las lacas y revestimientos de marfil y
carey, piedras y metales (platas, bronces). La taracea y el chapado se
eleva a niveles inigualables. La moda de la laca y los motivos
chinescos llega a través de las Compañías de Indias. Los paneles de
madera se utilizaban como soportes y la nueva técnica se aplica a
muebles, puertas y paredes. La laca, inicialmente importada de China se
empieza a fabricar artificialmente en Inglaterra en el siglo XVII
mediante disolución de sustancias resinosas en alcohol y esencia de
trementina más aceite de linaza. En Venecia se inventa otro tipo de
laca artificial a base de yeso y cola, que se decora con témperas y
relieves de pastilla recubierto posteriormente con sandáraca (resina de
enebro), un ‘vitrificado’ muy sólido y transparente.
El siglo de las luces y los comienzos
de la industria
El siglo XVIII
es el siglo de las luces y con él llega un primer intento normalizador
[véase la Enciclopedia Diderot y D’Alambert (1751-1786)]. Los nuevos
estilos de finales del XVIII y comienzos del XIX (Neoclasicismo y
Regencia, Luis XVI, Directorio, Imperio y Restauración) coinciden con
la revolución industrial inglesa y recuperan las líneas rectas y la
madera maciza, especialmente la caoba. A nivel tecnológico este siglo
XIX destaca por la invención de
la cepilladora y la fresadora mecánicas, máquinas que sólo aliviaban
medianamente el trabajo de carpintería. La transición del siglo XIX al
XX supone el desarrollo de la tecnología del hierro y la decadencia de
la madera como material de construcción y también en carpintería
empieza a perder terreno. Algunos estilos de transición (Victoriano y
prerrafaelismo) se caracterizan por su resistencia y su intento de
recuperación de artesanías en decadencia frente a los excesos de la
industrialización. El canto del cisne de la tecnología artesanal de la
madera brilla a su más alto nivel en los estilos de cambio de siglo: el
Art Nouveau a comienzos de siglo XX (se conoce como Modernismo en
España, Jugendstil y Secesión en Alemania, Modern Style en Inglaterra y
Liberty en Italia) y el Art Déco en el periodo deentreguerras.
INVARIANTES TECNOLÓGICOS HASTA EL SIGLO XX
Con el desarrollo de la
industrialización de la carpintería se desplaza definitivamente al
artesano a un sector marginal naval en el siglo XVI
pero sólo se emplearon en este sector concreto.
Lo que se hacía
generalmente era el corte al hilo (siguiendo la veta) que se ejecutaba
en el propio bosque, a base de brazos, apoyando el tronco en un
trípode. Otro sistema más antiguo era el hendido longitudinal de los
troncos con ayuda de cuñas. (Ya la Eneida decía en su libro sexto:
relata cómo “caen los pinos, resuenan la encina y el fresno, heridos de
las hachas, y el hendible roble se raja a impulso de las cuñas”). Los
maderos obtenidos de esta forma eran más resistentes al preservar la
integridad de la fibra. En cualquier caso el aserrado era lento y caro,
especialmente en especies duras como el Roble que era la más usada en
carpintería.
Las piezas se marcaban al corte con líneas señalando
dimensiones ‘normalizadas’ para su uso final (vigas, planchas, piecerío
para carpintería, tablas, etc.) y con una sierra de cinta (enmarcada en
un gran bastidor de madera o con dos mangos en sus extremos), un
operario arriba y otro abajo, se iba descargando la herramienta sobre
la madera. El hombre de arriba guiaba la hoja que mordía la madera al
descender y el de abajo es el que hacía más fuerza. La madera así
cortada, se vendía a los carpinteros a través de rematantes. De estas
piezas se separaba la albura para usos residuales quedándose el
carpintero con el duramen ya que se sabía por experiencia que su
durabilidad natural y su resistencia eran mayores. El largo cumplido se
solía medir en pies, el ancho o grueso en palmos, dedos y pulgadas y el
alto en palmos. Sistema de medidas, que sigue vigente en algunos países
de influencia anglosajona y que es, cuando menos, muy intuitivo. Así
las vigas tienen entre 20-26 pies (hasta 7 metros) y un palmo de alto y
medio de grueso. Las tablas de sollar o solladía (lo que llamaríamos
tarima) se destinan a los suelos pero también a plafones de puertas.
Las tijeras son tablas de aplicación en bastidores de ventanas y
puertas y también en armaduras. Las tablas de forro de dos palmos de
ancho servían como revestimiento También existían cortes especiales
para las huellas de escaleras, pasamanos, etc.
El taller de carpintería tradicional
hasta el siglo XX
En el proceso
de fabricación tradicional la madera comprada permanecía almacenada al
exterior, hasta el momento de ser mecanizada. Si no tenía la humedad
adecuada se la secaba al aire antes de que se conociera el secado
artificial. En los talleres se comenzaba a trabajar a partir del tablón
que se sacaba, como queda dicho, del tronco con sierras «braceras». Si
venía en tronco, la madera se conducía hasta una mesa, donde una sierra
múltiple la cortaba longitudinalmente pudiendo dar hasta seis cortes.
Posteriormente se realizaban los cortes transversales o tronzado.
Después se daban una serie de cortes al tablón a lo largo con sierras
de cinta o a mano. Después del despiece, en un banco, con la garlopa,
se hacía una cara. Con la escuadra se comprobaba la perfección del
ángulo, y en caso contrario se marcaba con el gramil lo que sobraba o
faltaba. Operación que se repetía en las otras caras. Después, se
trazaban las líneas para hacer las cajas, que se hacían a base de un
escoplo (una especie de formón más grueso). Antes de hacer las espigas,
se utilizaba un cepillo cuyo filo tenía la forma de moldura lo mismo
que las ranuras que eran necesarias para los plafones de las puertas y
para las juntas, cámara de descompresión y contactos hoja-cerco de las
ventanas. A continuación se realizaban las espigas, para conseguir unos
ensambles perfectísimos que se realizaban a base de cola, cuñas y
clavos de madera. Seguidamente venía
la colocación del herraje y el montaje de la carpintería. En el caso de
la ventana, y ya en obra, se realizaba el acristalado y el sellado.
Las primeras máquinas en la
fabricación tradicional
El taller de
carpintería ha evolucionado muy poco hasta mediados del siglo XX, con
saltos cuantitativos más que cualitativos. Durante la Revolución
Industrial, en el último cuarto del siglo XIX, las primeras industrias
que se adaptaron a los nuevos tiempos fueron las más estratégicas:
armamento, relojería, textil y agraria. Las máquinas para la madera más
desarrolladas en esta época eran las accionables a pedales.
Como en el
resto de sectores industriales, el desarrollo de la
máquina-herramienta, esto es, las máquinas que hacen máquinas, comenzó
en el siglo XIX. Para ello, era imprescindible la estandarización y la
intercambiabilidad de sus componentes. Sin embargo hasta mediados de la
década de 1960, los productos de carpintería se fabricaban en talleres
cuya maquinaria muy elemental: sierra de cinta, sierra circular,
cepilladora (frecuentemente complementada con un taladro, en cuyo caso
se llamaba combinada o universal), regruesadora y tupí.
En función de
la capacidad de producción esta maquinaria básica se complementaba con
sierra circular de ingletear, escopleadora, espigadora, fresadora para
hacer las colas de milano, torno, lijadora de banda, sierra de
marquetería o calar, y diversa maquinaria portátil. Con esta maquinaria
se fabricaba todo tipo de carpintería: puertas, ventanas, suelos,
frisos, y hasta armarios empotrados y muebles para la cocina,
librerías, etc. Más adelante, el perfil de cercos y hojas pasó a
hacerse en una moldurera distinta de la del resto de los productos
(jambas, precercos, rodapiés, etc).
Estas nuevas moldureras y
perfiladoras permitieron producir perfiles muy esbeltos sin merma de
sus características mecánicas. Después se armaban los perfiles de forma
tradicional: a caja y espiga, a doble escuadra o a falsa espiga. Las
uniones se reforzaba con adhesivos sintéticos (urea-formol en las
juntas gruesas, vinílicas, termo-endurecibles y de resorcina en el
resto), con una resistencia mecánica al envejecimiento prácticamente
indefinida, incluso superior a la de la propia madera. Tras el encolado
y prensado se colocaba el herraje de las ventanas en una máquina
especial que primero realizaba el taladro y después atornillaba el
pernio o la bisagra. Las líneas de fabricación incorporaban ya un
sistema de aspiración de serrín y viruta, que conducía los residuos a
silos para su posterior aprovechamiento.
Líneas de fabricación en la década de
1970
La madera se seguía
adquiriendo seca al aire, completándose el secado en el almacén durante
varios meses o años. La elaboración del producto se iniciaba todavía
con el despiece del tablón o tabla en la sierra de cinta o de mesa. La
sierra de cinta, o sierra de cinta sin fin, tiene dos volantes (de
entre 70 y 90 cm) entre los que se sitúa la cinta de sierra. Tiene una
guía que se desplaza sobre la mesa para permitir variar el ancho del
corte. Éste es siempre longitudinal. Por lo general las sierras se
preparaban (afilaban y triscaban) fuera de la empresa, en talleres
especializados, que disponían de maquinaria adecuada salvo que el
tamaño de la empresa justificara un departamento propio de afilado.
La
sierra circular permite cortes longitudinales y transversales, es
decir, dimensionar las piezas. La mesa de la máquina tiene unas guías
que facilitan esos cortes y permite elevar la pieza con relación a la
posición del disco para ajustar su altura al grueso de la pieza. Es
imprescindible para trabajar con seguridad que tenga sistemas que
impidan el retroceso de las piezas, el pinzamiento de la sierra y que
se pueda introducir la mano durante el corte. En algunos modelos se
puede inclinar la mesa para cortar a inglete. La cepilladora más la
regruesadora son máquinas que ajustan perfectamente el grueso deseado
de la pieza y cepillan las caras. Consta esencialmente de un eje donde
se colocan unas cuchillas, y dos mesas, una anterior en el sentido de
avance de la pieza, que se mueve permitiendo diversas alturas y otra
posterior y fija, de forma que su altura relativa respecto de la mesa
móvil define el grueso que debe comer el sistema de corte. Una vez
cepillada una cara se consigue el grueso de la pieza, a la vez que
cepilla la cara opuesta, por medio de la regruesadora. Esta última
máquina consta de un eje en el que se colocan las cuchillas que
cepillan la cara la de la pieza, un sistema de avance de la madera y
una mesa que, por medio de un movimiento vertical, permite ajustar el
grueso final. Si la diferencia entre el grueso inicial y final es muy
grande es necesario pasar la pieza de madera varias veces por la
máquina.
Es muy normal que la cepilladora se combine, aprovechando el
mismo motor, con una fresa o taladro para cajeados y taladrados. Más
que por el ahorro de maquinaria, estos aparatos se justificaban por el
ahorro de espacio en el taller. En algunas versiones se combinaban
cepilladora, regruesadora, fresa o taladro, sierra circular y tupí. Sin
embargo pronto se comprobó que era más útil y preciso contar con
distintas máquinas que tener un compacto cuyo uso resultaba incluso
peligroso. En el terreno de la maquinaria ‘menor’ complementaria están
la escopleadora, el torno, la sierra de calar y la tupí. La
escopleadora era de dos tipos fundamentalmente: - De broca. Una columna
que lleva el motor y el portabrocas y un carro con movimiento en los 3
ejes. Esto permite subir y bajar la mesa, acercar la pieza a la broca y
desplazarla a izquierda y derecha realizando la mortaja o escopleadura.
Con esta máquina se pueden realizar por tanto taladros y cajas
(mortajas) o escopleaduras (si se atraviesa totalmente la pieza). - De
cadena, formada por una columna que lleva un sistema de giro de la
cadena de eslabones cortantes (similar a una motosierra) y una mesa con
los tres movimientos. Incluso existían modelos de mesa inclinable. Las
mortajas pueden ser de caja cerrada o escopleadoras abiertas.
El torno
se empleaba para la elaboración de piezas de revolución. Una máquina
imprescindible para talleres de muebles. Las piezas de madera se
colocaban entre dos carros, que pueden separarse, sobre unos cabezales,
uno con garras que obliga a girar la pieza; mientras un formón, que se
apoya sobre un soporte, se desplaza entre las dos garras y va comiendo
la madera. La sierra de calar, también llamada sierra para marquetería,
está formada por una columna con un brazo, que permite salvar anchos de
piezas grandes. Sostiene un carro en el que se sujeta por medio de una
mordaza una estrecha hoja de sierra la cual se sujeta en el otro
extremo por debajo de la mesa con otra mordaza. Un dispositivo, por
medio de una excéntrica, comunica a la hoja un movimiento de vaivén. La
tupí es una fresadora de eje vertical cuyo motor está en la parte
inferior, de forma que sobre la mesa emerge el eje sobre el que se
colocan los hierros con la contraforma del perfil de la pieza que se
quiere obtener. Es una de las máquinas más empleadas en la
carpintería tradicional y una de las más peligrosas también. Según los
hierros colocados, se obtienen los diferentes perfiles. Se puede
acoplar un carro que permite hacer lazos de cola de milano.
En un
principio el carpintero preparaba los hierros para cada perfil y se
cuidaba de su afilado. Con la espigadora se trabajan los extremos de
los perfiles para ensamblarlos entre sí y formar el bastidor.
Esencialmente consta de una serie de ejes verticales y horizontales que
sostienen sierras, cuchillas y fresas con las formas necesarias
para la espiga deseada. Con esta máquina se hace todo el perfilado de
la testa con gran precisión. Esta máquina fue un avance importante en
los talleres de carpintería, aunque sólo una producción elevada
justificaba su adquisición. En algunos modelos se complementaba con una
escopleadora que iba realizando el perfil de la pieza donde se encajaba
el extremo espigado. A partir de los años 60 el impulso cada vez mayor
de las industrias de la construcción obliga a las carpinterías a
esfuerzos importantes de racionalización y especialización. Una
evolución de este tipo o la reordenación de los métodos de producción
no pudo ser una simple adaptación de los métodos artesanales, había que
redefinirlos en función de las nuevas necesidades. Las máquinas
tradicionales, por lo menos las más importantes, seguían asegurando su
trabajo pero era preciso construir las instalaciones de enlace entre
ellas, un estudio de los tiempos y procedimientos de control.
PERAZA, J.E. (2000). La evolución de la
tecnología de la carpintería. Boletín de información técnica de
AITIM, Nº 206. AITIM. Madrid.
La madera
de tejo (
Taxus baccata
L.) es
de muy buena calidad y de las pocas coníferas que pueden ser curvadas
al vapor, es muy estimada por ebanistas y torneros ya que acepta el
pulimento y se tornea bien al ser muy dura, compacta y resistente, su
color suele ser rojizo con albura amarillenta. Su empleo tradicional
solía ser para la fabricación de arcos, dada su gran elasticidad;
también para lanzas, picas (que los romanos llamaron
taxus), para
e jes,
husos
(instrumento de forma redondeada que sirve para hilar), recipientes e
incluso para instrumentos musicales. En la actualidad se emplea para
chapas de revestimiento, piezas de artesanía y elementos ornamentales
torneados. Su gran resistencia hizo que fuera seleccionada por algunos
faraones para construir sus sarcófagos, 2400 años antes de nuestra era.
LÓPEZ, G. (1982). LA
GUÍA DE INCAFO DE LOS ÁRBOLES Y ARBUSTOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA.
INCAFO. Madrid.
Ilex es el
nombre que recibía la encina entre los romanos y se aplicó al acebo por
la similitud entre las hojas de estas dos plantas. La madera
de acebo (
Ilex
aquifolium L.) es muy pesada y, lo mismo que la de boj, no
flota en el agua. De color blanco o grisáceo, de textura fina y
uniforme,
careciendo de dibujo, muy dura y difícil de trabajar. Estimada por
ebanistas y torneros, toma bien los colorantes y se suele teñir de
negro para imitar al ébano. Se ha utilizado también en la construcción
y así nos relata Font Quer que fué la elegida para hacer las primeras
ventanas del Palacio Real de Madrid.
LÓPEZ, G. (1982). LA
GUÍA DE INCAFO DE LOS ÁRBOLES Y ARBUSTOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA.
INCAFO. Madrid.
El origen
del ferrocarril hay que buscarlo en las minas metalíferas de la Europa
medieval, donde pequeñas vagonetas de madera movidas manualmente
transportaban el material a lo largo de los distintos pisos de las
galerías, mientras que, en algunas ocasiones, en la superficie,
vagonetas de mayor tamaño, tiradas por caballos, enlazaban las minas
con los molinos y los puentes.
Durante varios siglos los raíles fueron de madera, principalmente de
maderas duras, resistentes al desgaste, como el roble, el carpe o el
haya, algunas veces también utilizaron raíles de coníferas sobre los
que disponían unas tiras de maderas duras, que eran reemplazadas
periódicamente.
Las vagonetas eran dirigidas mediante patines clavados a los bordes del
raíl, mediante ruedas horizontales, que discurrían entre los macizos
raíles, o mediante una clavija fija de madera dura o de hierro, que
sobresalía de la parte inferior de la vagoneta y pasaba por una
estrecha ranura existente entre las anchas tablas del raíl. La caja de
la vagoneta solía ser de madera blanda, generalmente de abeto, con
ruedas de olmo, una madera densa y compacta, cuyo grano, fino y trabado
le
confiere gran resistencia al resquebrajamiento. Estos sencillos
ferrocarriles fueron muy abundantes en la Europa central y también
existió alguno en Rusia, Suecia, Francia y Gran Bretaña.
Los actuales ferrocarriles, con ruedas de pestaña, fueron desarrollados
en Gran Bretaña, a partir de principios del siglo XVII, normalmente
como medio de transporte desde las minas de carbón hasta los ríos y
canales navegables de la isla. Los raíles solían ser de roble, fresno,
haya o aliso y estaban sujetos a las traviesas mediante clavijas de
roble. Algunas veces se utilizaron también raíles de abeto recubiertos
por una delgada capa de haya que, por efecto del prolongado uso, se
pulía de tal forma que se reducía considerablemente la fricción entre
la rueda y el raíl.
El armazón de roble de los vagones de carbón iba revestido con planchas
de abeto y, en los modelos primitivos, las ruedas se hacían con discos
de madera de distinto diámetro para formar así la rodadura o patín, o
con varias piezas que se unían entre sí, con abrazadera de hierro en
forma de S. Las zapatas de freno se apretaban contra las llantas de las
ruedas mediante una larga vara de aliso.
En Europa, entre los años 1790 y 1820, los raíles de hierro
reemplazaron a los de madera pero, en América, hasta la década de 1820,
se siguieron utilizando los de madera.
JOHNSON,
H. (1994). La
madera. Blume. Barcelona.
La
construcción a base de armazón es antiquísima. En las tumbas faraónicas
se han encontrado gran cantidad de urnas, sillas. sillones, mesas y
lechos construídos según este principio y que datan del año 1500 a. C.
Es de suponer que estos ejemplares tuvieron otros predecesores.
La construcción a base de armazón, bastidor y panel además de ser muy
antigua es la que más se identifica con la naturaleza misma de la
madera. No es extraño, pues, que este procedimiento se haya mantenido
hasta nuestros días en sus más puras líneas, artesanas y sencillas.
Durante la Edad Media desempeñó un gran papel, particularmente en
aquellas regiones donde existen maderas duras, como el roble. Y en
aquellos países donde este tipo de madera era escaso se desarrolló la
construcción maciza a base de tablas, para la que se empleaba
preferentemente el pino.
Como hasta principos del siglo XIV la construcción de muebles
propiamente dicha era muy rara (los molinos aserradores surgen en este
siglo) el torno desempeña un gran papel para la construcción de
taburetes, bancos, mesas y lechos. Estos muebles se elaboraban en el
mismo sitio donde se obtenían los pilares, es decir, las tornerías.
Durante la época gótica el sistema imperante para la construcción de
muebles fue el armazón a base de pilares de maderas duras.
Ningún otro sistema constructivo se identifica tanto con la esencia de
la madera como el de pilares y bastidores. La madera puede trabajar
libremente, los paneles pueden contraerse y alabearse sin que por ello
lleguen a perder estabilidad constructiva. Además estos procedimientos
destacan por su gran resistencia e invulnerabilidad al continuo
desgaste debido al uso diario.
SPANNAGEL, F. (1975). Tratado de ebanistería.
Gustavo Gili. Barcelona.
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