Instituto de FP Virgen de la paloma

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    Esta es una sección de historias y curiosidades, extraídas de libros y artículos y relacionadas de alguna forma con la madera y sus oficios.

    Castellano: madera. Inglés: wood (botánica), timber (construcción). Francés: bois. Alemán: holz. Italiano: legno, legname. Holandés: hout. En la época romana se denominaba materĭa.

  • Primeras sierras

    El uso de microlitos (pedazos de pedernal de borde cortante de 1 a 5 cm) fijados a un trozo de madera dieron lugar sobre el año 9000 a C. a la fabricación de las primeras sierras.

  • Microlito, saber más en Wikipedia
  • Los egipcios

    Los egipcios tenían pocas maderas de calidad y los artesanos aprendieron a sacarle el mayor rendimiento posible. Ninguna de ellas, acacia, almendro, palmera, sicomoro, tamarindo, sauce, cedro y álamo eran adecuadas para el trabajo de la ebanistería; algunas se empleaban para realizar muebles sencillos, domésticos o féretros. Las demás tenían que ser importadas. El ébano era muy apreciado y a menudo se le incrustaba marfil y oro; el ciprés, enebro y cedro venían de Siria y del Líbano.

    El ébano era la más valiosa, tanto que se usaba para pagar tributos. Heródoto afirma que allá por el año 1930 a C. el faraón Amenophis III envió cuatro camas, diez escabeles y seis sillas, todo ello de ébano al rey de Babilonia. Eran unos artesanos soberbios, a pesar o gracias a la carencia de buenas maderas en el país. Inventaron numerosos ensambles, desde el machihembrado a la cola de milano. El ensamble que en castellano conocemos como "colas de milano", se llama en inglés "colas de paloma" (dove tails) y, "colas de golondrina", en francés (queues d'aronde) y en alemán (schwalbenschwanz).

    Chapeaban los muebles para disimular la madera de inferior calidad y hacían incrustaciones de ébano, marfil, loza fina, vidrios y piedras de colores. Los contrachapados gruesos los fijaban con pequeñas espigas de madera. Usaban colas animales y vegetales y barnices fabricados primero con óleo de cedro y más tarde con goma arábiga, extraída de la acacia y empleados como sustancia protectora de los muebles y de las bellas pinturas e incrustaciones con los que estaban decorados.

    Algunas de las herramientas que empleaban eran parecidas a las que utilizamos hoy. Usaban la azuela para nivelar superficies, como lo haríamos hoy con un cepillo, para terminar de planear usaban una piedra de pulir. La azuela consiste en un mango de forma peculiar, con un remate plano e inclinado hacia atrás, que forma un ángulo prácticamente recto con el mango; en este remate se coloca la hoja de bronce, que se ata firmemente con unas correas de cuero.

  • Carpinteros egipcios trabajandoHerramientas de los carpinteros egipciosMuebles egipciosMuebles egipcios
  • La rueda

    Las ruedas más antiguas que han llegado hasta nosotros fueron halladas en tumbas de Mesopotamia fabricadas entre el 3000 y 2500 a C. estaban hechas con tres tablones unidos entre sí mediante tirantes de madera y el agujero del eje pertenecía al hueco natural dejado por un nudo saltadizo. Las ruedas de radios, mucho más ligeras hicieron su aparición hacia el año 1500 a C.

  • Rueda, saber más en Wikipedia
  • El molino hidráulico

    En las postimetrías del siglo I a. C, apareció el molino hidráulico, probablemente basado en la rueda de agua del mismo período. Sin embargo no es hasta el siglo XIII cuando la energía hidráulica es usada para aserrar madera.

  • El molino hidráulico (reconstrucción ideal).
  • El aserradero hidráulico

    La construcción de grandes catedrales Góticas (a partir del siglo XIII) favoreció el desarrollo de los aserraderos hidráulicos por la gran demanda de vigas y tablones necesarios para formar estructuras, andamios, etc.

    La primera representación gráfica de una sierra hidráulica aparece en un dibujo de Villard de Honnecourt: los movimientos alternativos de la hoja de la sierra se realizan mediante un sistema de levas en el eje de la rueda hidráulica, en combinación con una vara, tipo ballesta, que funcionaría a modo de resorte.
    Este sistema, en principio tan elemental, que se beneficia de la mecánica simple del torno y el modelo de levas del batán (máquina generalmente hidráulica, compuesta de gruesos mazos de madera, movidos por un eje, para golpear, desengrasar y enfurtir los paños), sería campo propicio para el desarrollo de los más diversos tipos de cigüeñal y ruedas dentadas.

  • El aserradero hidráulico (reconstrucción ideal).
  • El taladro hidráulico

    La energía hidráulica también fue usada para el taladrado de la madera. La obra de Salomón de Caus del siglo XVII Les raisons des forces mouvantes incluye una representación gráfica de la forma de taladrar troncos de madera destinados a la conducción de agua.

  • La palabra mueble

    En la baja edad media grandes zonas de Europa estaban deshabitadas y los propietarios de las tierras tenían que estar moviéndose continuamente para administrar sus desperdigadas propiedades. Sus casas estaban lejos unas de otras y permanecían casi vacías mientras el propietario estaba ausente. El mobiliario tenía que ser pesado, inmóvil y construido en las paredes para evitar que lo robasen o exento y fácil de desmontar para trasladarlo de una casa a otra.

    Una gran familia podía tener más de cien personas. Se necesitaban muchos caballos, carros y mulas de carga para transportar la colección de arcones llenos de ricos tapices, cojines, ropas de cama, vajilla, joyas, etc.

    La palabra mueble, del latín (mobĭlis) que significa movible o móvil, es una reminiscencia de aquella época.

  • La energía hidráulica aplicada al trabajo con la madera
  • La silla

    La silla nace como mueble ceremonial y suntuario. Es un mueble característico de la civilización occidental.
    En la mayoría de las culturas no existe la silla; pensemos en cómo se sientan los africanos, amerindios, asiáticos, esquimales...
    Hasta la época de los Reyes Católicos, los reyes castellanos se sentaban en el suelo, sobre alfombras y cojines, al estilo árabe.
    El “estrado” era el sitio donde se desarrollaba la vida cotidiana en los palacios castellanos. Era una tarima de madera recubierta con alfombras y cojines donde la gente se sentaba (no se usaban sillas).

    Las damas españolas siguieron utilizando el estrado hasta el siglo XVIII lo que impresionaba a los visitantes europeos.
    Los griegos nos dejaron las palabras silla (cathedra) y trono (thronos). Una silla de aquella época es la Klismos que se conserva en el Victoria Albert Museum, de Londres.

    Durante el siglo XVI, en Inglaterra, la banqueta fue evolucionando hasta la incorporación de un respaldo, este nuevo mueble, llamado prudentemente taburete de respaldo para no herir la susceptibilidad de la nobleza, que seguía pensando que la silla era una prerrogativa propia de su alcurnia, fue el precursor de la silla Windsor. La primera silla de la que pudieron disponer los campesinos.

  • EstradoSilla Klismos
  • Pulido del haya en Roma

    Plinio cuenta que el haya era una madera muy apropiada para la fabricación de camas, mesas y arcas, siendo esta madera fácil de trabajar aunque se quiebra y se dobla. Para obtener superficies pulidas se frotaban con piel de caballo.

  • El arca o arcón

    Los muebles medievales respondían, ante todo a una concepción práctica. Así el arca, que fue el mueble más común en la edad media, cumplía a la perfección este objetivo, servía además de para guardar todo tipo de enseres, como asiento, cama y mesa. En su forma más primitiva, aparte del realizado ahuecando un tronco, consistía en cuatro tableros verticales y una base, clavados o machihembrados entre sí, y con una tapa. Esta construcción se mejoró colocando dos laterales verticales, el frontal y la trasera y elevando la base o fondo para aislar de las humedades del suelo.

  • Arcón Arcón con tablas gruesas.
  • Mobiliario oriental

    En China la fabricación de muebles no fue considerada nunca como un verdadero arte, sin embargo desde tiempos muy remotos dominaron la artesanía de la madera. Lo más destacable de la fabricación china de muebles son las técnicas de ensamblaje. Jamás usaron clavos, pocas veces se sirvieron de las clavijas y la cola estaba mal vista.

    Los japoneses no fabricaron casi ningún mueble. Preferían sentarse en el suelo. Las mesas que poseían, si no eran usadas se guardaban en armarios empotrados. Era muy importante el tipo de madera de estas mesas ya que nunca las cubrían con manteles.

  • Silla china de palisandro
  • Almanxara

    En la ciudad de Alcalá de Henares (hacia el siglo XII), existía un barrio musulmán dedicado a la carpintería en la zona llamada Almanxara o Almanjara. Estaba situado donde están actualmente el Museo Arqueológico Regional y el Palacio Arzobispal.

  • La ebanistería

    El arte de la ebanistería nace en Francia en el siglo XVIII. A partir de la década de 1840, en España los ebanistas comenzaron aserrando madera de las Indias en hojas muy delgadas, destinadas al revestimiento de otras especies más comunes. Este nuevo trabajo aportaba al oficio de carpintero dos nuevos aspectos: el abaratamiento de la producción y la posibilidad de emplear, por primera vez, mano de obra no cualificada.

    La construcción de muebles seguía siendo propia de los carpinteros, pues eran estos quienes tenían la cualificación adecuada para ello. Estas técnicas de revestimiento contribuyeron a la reducción de los precios de las obras de ebanistería, hecho que permitió que las fortunas medianas accedieran al mercado de mobiliario de calidad.

    La expansión de la ebanistería supuso una cierta degradación del oficio de carpintero, no tanto por la expansión cuantitativa de los ebanistas, ya que los carpinteros seguían siendo mayoritarios, sino porque anunciaba los derroteros que iba a tomar el oficio en el siglo XX adaptándose a una nueva estructura de mercado.

  • Cortando las chapas con sierra alternativa de varias hojas. Siglo XVI.
  • La taracea

    Se tiene noticia de trabajos de taracea de la época sumeria en Mesopotamia (3000 a. C.) y de la dinastía Ming (1368-1644) en China. Se difundió por Asia Menor (actual Turquía) y más tarde los romanos la adoptaron cuando entraron en contacto con el mundo helenístico. Llamaron a este arte incrustatio o loricatio. Plinio el Viejo hace una extensa descripción de esta técnica en su obra Naturalis historia. Las piezas con que se hacían las incrustaciones, las llama crustae. Los árabes introdujeron esta técnica en España, por eso taracea deriva de la palabra árabe-hispana tarsí', que significa incrustación.

    En el Renacimiento, en Italia, tuvo lugar una revitalización de esta decoración conocida como tarsia, intarsia o certosina, que se utilizaba mucho en las cajas y arcones. Consistía en incrustar piezas de marfil o hueso en una superficie de madera de ébano o nogal haciendo dibujos geométricos.

    En el primitivo trabajo de la taracea, la decoración se hendía y fijaba a unos agujeros vaciados en la superficie del panel, pieza a pieza. A medida que los artesanos iban adquiriendo más destreza, se aplicaron enchapados o chapeados. Las líneas que dejaban los cortes de sierra se rellenaban con cola teñida para dar nitidez al dibujo.

    También en el siglo XVI se empezó a utilizar otra técnica en Italia llamada le pietre dure (piedras duras). Consistía en incrustar piedras, mármoles pulidos, ágatas y lapislázuli en los escritorios y arcones. El embellecimiento de los arcones alcanzó su máximo esplendor en este siglo.

    En nuestro país, hay tendencia a utilizar principalmente dos técnicas de taracea: los embutidos sobre macizo —«pinyonet», «gra d'arros», «grano de trigo»— y la taracea «en bloque». La primera se lleva a cabo con madera de nogal sobre la que se realizan pequeños entalles, en los que se van a embutir piezas de hueso de vaca —que en catalán se denominan «marquéis»— de formas preferentemente triangulares y romboidales, y filetes de madera de boj formando en conjunto diseños de marcado sabor islámico.

    La otra técnica, que se denomina taracea granadina, ya desde el siglo XVI, se realiza según el procedimiento de la «tarsia a toppo», con múltiples maderas, hueso o marfil y metal plateado, formando mosaicos de complicados esquemas geométricos, de origen medieval e islámico. Su procedimiento consiste en encolar entre sí un determinado número de listoncillos de sección y material predeterminados, según el dibujo a realizar, para formar un haz o bloque que después se secciona, formando pequeños mosaicos de espesor similar; éstos se encolan sobre la superficie del mueble a decorar, formando composiciones repetitivas «ad infinitum», sólo interrumpidas por platabandas o almenados de morlones de tipo cordobés. La aplicación de estos elementos puede realizarse ocultando la totalidad de la superficie a decorar o incrustándolos en cajeados practicados para tal fin. Con este procedimiento técnico se realizan, tanto la taracea granadina, cuyos motivos son lacerías musulmanas, como otras, de formas geométricas más simples, en las que no suele utilizarse hueso, que se pueden localizar en zonas tan apartadas de Andalucía como Cataluña, con una fuerte influencia italiana.

    Otra técnica es la «tarsia pictórica», que en nuestro país apenas se trabaja en el siglo XVI. Su prestigio se debe, principalmente, a su importación procedente de Nuremberg y Augsburgo, desde la época de Carlos V hasta la de Felipe III. La documentación del reinado de Felipe II hace continuas referencias a muebles de «marquetería de Alemania».

  • Entalladuras para incrustaciones de taracea.Arcón de Nonesuch.
  • Laca china tallada

    Es una antigua técnica genuinamente china. Su ejecución, extremadamente laboriosa, consistía en tallar una superficie formada por gran número de capas de laca (¡hasta 500!) aplicadas sobre el mueble. El grosor del conjunto de capas de laca debía de ser al menos de 20 o 30 mm. ¡Cada una de las capas debía dejarse secar al menos durante quince días!

  • Laca china tallada.
  • Carpinteros en el siglo XVI

    En el siglo XVI, el gremio de carpinteros está ya delimitado con precisión y se regula mediante una serie de ordenanzas que rigen todas sus actividades, estipulando las maderas a utilizar, su procedencia, sus tamaños y sus cortes, a la vez que se dan normas para la construcción de muebles, armaduras y otras obras de su competencia.

    Un ejemplo significativo lo constituyen las Ordenanzas de Toledo, aprobadas y confirmadas en 1551, que son pedidas por los carpinteros toledanos «viendo la desorden que avia en las obras y exercicios de los dicho oficios de carpinteros». Surgen, pues, como un elemento de organización y de protección, tanto de los propios carpinteros entre sí —estableciendo un examen obligatorio para poder abrir tienda— como de los propios ciudadanos, al estipular detalladamente las formas de construir los diferentes muebles, marcando el grosor y las dimensiones de los tableros y la manera de ensamblarlos.

    En estas Ordenanzas toledanas, se clasifican los carpinteros en dos grupos: «de lo blanco y labrado» y «de lo prieto y tosco» y, como ya se ha señalado, se establece la obligatoriedad de examen, tanto para tener tienda como para «labrar obras de fuera».

    El carpintero que en las Ordenanzas se denomina «tendero», es el que se encarga de la construcción de los muebles, que se describen técnicamente en el mismo documento, que en el caso de Toledo son: «mesas de goznes», «arcazes», «arcas embasadas de molduras», «medias hanegas», «arcas encoradas y guarnecidas», además de puertas, ventanas, postigos y púlpitos. A su vez, el que se examina de «obras de fuera» es el encargado de labrar armaduras normales y con «mocarabez», medias naranjas, etc.

    A medida que nos adentramos en la segunda mitad del siglo XVI, se produce una mayor especialización en la elaboración del mobiliario, definiéndose las figuras de ensambladores y entalladores y, además, se sientan las bases para el nacimiento de la ebanistería, en el mismo seno del grupo de los ensambladores. En los inventarios de bienes de Felipe II ya se citan algunos «ensambladores de ébano» —a partir de los cuales en el siglo XVII se configuran los ebanistas— como artífices especializados en el trabajo del ébano y de otras maderas exóticas, en general americanas. En la segunda mitad del siglo XVI, aumenta el uso de este tipo de maderas preciosas, para muebles de lujo, aunque sin llegar, en ningún caso, a suplantar la madera española más apreciada de cualquier época: el nogal.

    Esta madera es la que utilizan los ensambladores, para construir todo tipo de muebles de calidad, combinando nogal bravío, de tonalidad oscura y grano apropiado para la talla, en las zonas visibles, con nogal de ribera —más claro— para gualderas, traseras, y fondos de cajones y gavetas; las estructuras y zonas ocultas a la vista se suelen trabajar con madera de pino.

    Se puede decir que en España, el nogal es de uso universal, pues es utilizado abundantemente en todas las regiones. En algunas zonas de la cornisa cantábrica —País Vasco y norte de Navarra— hay tendencia a utilizar el roble y en Levante a trabajar con pinos de diferentes tipos.

    Desde el punto de vista de las técnicas, diremos que el mueble español del siglo XVI es obra de ensamblador, es decir, está formado bien por tableros enterizos, que no se van a chapear, ensamblados a lazo de cola de milano, o bien por estructuras de bastidor y paneles, con montantes y travesaños atarugados con clavijas de madera y paneles unidos a éstos mediante ranuras y rebajos. En lo que se refiere a sistemas constructivos, no hay muchas variaciones. Para la decoración de los muebles, sin embargo, se recurre a un más amplio abanico de posibilidades, siempre dentro de los límites que marcan los condicionantes técnicos de la época, sobre todo en lo que se refiere a los métodos de chapeado y de marquetería de procedimiento clásico (tarsia pictórica), que se usan muy poco en los muebles renacentistas españoles.

  • Carpinteros S.XVI
  • Carpinteros de ribera en el XIX

    En el siglo XIX, en España, los carpinteros de ribera (los que construían barcas y buques) estaban considerados como los de mayor cualificación técnica y los que cobraban mayor salario, dentro de todos los oficios en general, no sólo dentro de la madera, tanto es así que desde 1800 no eran los maestros del gremio los que otorgaban las maestrías a sus compañeros, sino que estas eran concedidas por las autoridades de la marina. Eran los maestros de este gremio los que impartían las clases de Arquitectura Naval de la Escuela Náutica.

  • Carpintería de ribera Carpintería de ribera
  • La talla

    La escultura sobre madera se trabaja de dos formas diferentes: talla directa y talla aplicada o sobrepuesta. Ambas pueden ser encontradas en diversos puntos de la geografía peninsular, pero en Cataluña y en la Corona de Aragón se prefiere la segunda, realizada sobre paneles de madera de boj tallados a bisel y calados —con temas góticos— o en bajorrelieve —con temas platerescos— aplicados sobre fondos de cuero, tejido o papel; esta técnica, según Mainar, se conoce en el siglo XV como «Obratge de Barchinona». En Castilla se prefiere realizar talla directa sobre nogal, cualquiera que sea el tipo de relieve, y sólo cuando se trata de decoraciones arquitectónicas —columnillas, balaustres, frisos, frontones, etc.— se suelen aplicar tallas superpuestas. En el Norte de la Península es donde con más frecuencia las decoraciones se realizan mediante tallas directas excavadas o ahuecadas.

    Por influencia italiana, es frecuente encontrar muebles, en general de pequeño tamaño, decorados con estuco relevado (pastiglia), dorado y policromado.

    En el siglo XVI, las maderas, lisas o labradas, se pueden dejar «en blanco», es decir en su color natural, o se enriquecen mediante técnicas pictóricas como el policromado, el dorado y el estofado. De éstas, la última es la más compleja, pues requiere la combinación de las dos primeras; la superficie de madera a decorar se estuca y se dora, pintándose a continuación con óleo ocultando los panes de oro. Una vez seco, se raspa la policromía haciendo reaparecer el dorado. El resultado consigue efectos de gran riqueza.

  • Consola de madera tallada y dorada (1735-36) Mesa oriental tallada.
  • El violín

    Parece ser que el arco fue inventado alrededor del año 800, probablemente por los habitantes de las estepas de Asia Central y, a finales del siglo X ya existían laúdes de arco en toda Europa y en Asia.

    En Europa los primeros instrumentos de este tipo fueron el rabel y el fiddle. El rabel tiene una caja piriforme (en forma de pera) y un mango corto tallado de una sola pieza. Las cuerdas se extienden desde un puente situado sobre la tapa hasta las clavijas de afinación.

    Por el contrario el fiddle está construido por secciones separadas y va provisto de un clavijero discoidal en el que se insertan las clavijas, de arriba a abajo. Las clavijas laterales del rabel permiten ejercer la máxima tensión, mientras que la construcción segmentada del fiddle proporciona una caja de resonancia más sensible.

    Durante el siglo XV estos elementos se combinaron dando lugar a un nuevo grupo de instrumentos. En España son conocidos con el nombre de vihuelas y de ellos proceden la guitarra y la viola, más refinados y elegantes que sus predecesores medievales. Allá por el año 1600, los violines, que tienen el mismo origen, comenzaron a desplazar a las violas en la música de la corte y pronto fueron aceptados en toda Europa.

  • Viola. Taller de Joaquín Gallego Lara. Viola. Taller de Joaquín Gallego Lara.
  • Lacería

    Los carpinteros medievales que trabajaron en los reinos de Castilla y León, convivieron con el mundo musulmán en cuyas decoraciones proliferaban esquemas geométricos muy sofisticados. La especial habilidad de estos carpinteros en el arte de construir armaduras, y a su gran dominio de la técnica, les permitieron adaptar nuevos esquemas geométricos orientales a sus estructuras, logrando unas soluciones sin igual en el resto de carpinterías europeas.

    Ésta técnica que perduró durante siglos por casi todo nuestro territorio pasó al vecino reino de Marruecos, arraigó firmemente en las Islas Canarias, e incluso llegó con fuerza al continente americano poco tiempo después del descubrimiento.

    La característica principal de esta carpintería consiste en la integración de sus elementos resistentes dentro de una trama geométrica formada por las denominadas ruedas de lazo, composiciones creadas a partir de parejas de cintas que forman un sin número de estrellas, con frecuencia de distinto número de puntas, que se relacionan entre sí de acuerdo a simples leyes que regulan estos trazados.

    Todo el trabajo se realizaba sobre armaduras denominadas de par y nudillo, generalmente apoyadas sobre estribos atirantados, que llegaban a transformarse en más o menos complejas composiciones, lo que les confiere un peculiar e inconfundible aspecto.

    Tan complejas armaduras se realizaban sin embargo siguiendo sencillas recetas que hacían posible su ejecución sin más plano que una simple muestra que se entregaba al carpintero, y a partir de la cual se obtenían una serie de cartabones que permitían controlar todo el trabajo.

    El trazado de las estrellas y las ruedas de lazo que de ellas dependían era posible gracias también a otro juego de cartabones específico para cada rueda de lazo. Bastaba seguir al pie de la letra las correspondientes recetas que, fácilmente memorizadas, permitían llevar a cabo los más complejos trazados, incluso a carpinteros de cuyo analfabetismo dan fe muchos contratos firmados por compañeros.

    El carpintero sevillano Diego López de Arenas que a principios de siglo XVII, ante la vergüenza producida por los malos oficiales del gremio, sintió la necesidad de perpetuar tan singular arte en su manuscrito Breve compendio de la carpintería de lo blanco.

  • La media naranja del lazo de diez. Salón de Embajadores de los Reales Alcázares de Sevilla. Decoración de lacería característica de la capintería española.
  • La mesa extensible

    La mesa de hojas deslizantes hizo su aparición allá por el siglo XVI. Se inventó, probablemente, en los Países Bajos, y se hizo muy popular en Francia e Inglaterra. Capaz de duplicar su longitud, se adaptaba fácilmente a los comedores más pequeños. Tenía un armazón de cuatro patas unidas por tirantes en la parte superior y un friso encima. El tablero se apoyaba en el armazón, pero no estaba unido a él. Tenía por debajo, en los extremos, una hoja que se podía sacar hacia fuera y que descansaba sobre apoyos corredizos. Cuando las dos hojas estaban sacadas en toda su extensión, el tablero principal quedaba perfectamente encajado entre ellas. Este simple mecanismo tuvo tanto éxito y fue tan popular que todavía se usa hoy en día.

  • Mesa extensible
  • La bisagra por el canto y el tirafondo

    Las bisagras embutidas por el canto (butt hinge en anglosajón, de culata, traducción literal), son las que no se montan sobre la superficie sino en un rebaje del canto de la puerta. Ya se utilizaron en Francia en el siglo XVI (aparecen por ejemplo en alguna ilustración de Ramelli), pero se trataba de objetos de lujo, hechos a mano, de latón y acero. En 1775, dos ingleses patentaron un diseño para estas bisagras fabricadas con hierro fundido, lo que resultaba mucho más barato. Sin embargo tenían un inconveniente, no podían fijarse con clavos, porque éstos se aflojaban al abrir y cerrar repetidamente la puerta. Era preciso atornillarlas.

    El problema con los tornillos en el siglo XVI es que, comparados con los clavos, eran demasiado caros. Un herrero podía producir clavos de forma relativamente rápida: a partir de una varilla de hierro forjado calentada al rojo daba forma a la punta martilleando el extremo romo, luego recalentaba el clavo y con un pesado martillo le formaba la cabeza. Este procedimiento, inventado por los romanos, seguía en uso a comienzos del siglo XIX (los esclavos de Thomas Jefferson producían así los clavos que se utilizaban en Monticello, la casa que él mismo diseñó y que ha sido designada Patrimonio de la Humanidad). El proceso duraba en total menos de medio minuto, especialmente para un "clavero" experimentado. La fabricación de un tornillo era otra cuestión, mucho más complicada. En primer lugar se daba forma a una espiga como un clavo, con su punta y su cabeza. Luego se cortaba la ranura en la cabeza con una sierra para metales. Finalmente se fileteaba la rosca a mano.

    Casualmente, en ese mismo momento en que se popularizaban las bisagras por el canto, se perfeccionaba una técnica para fabricar tirafondos baratos y de buena calidad. Años antes Job y William Wyatt, dos hermanos de Staffordshire, en las Midladns, se habían propuesto mejorar la confección de tornillos. En 1760 patentaron un método para fabricar tornillos de hierro, comúnmente llamados tirafondos de una forma mejor que la practicada hasta ahora. Ese método constaba de tres operaciones distintas. En primer lugar, el operario colocaba una espiga lisa en un torno equipado con un mecanismo impulsor de polea y daba forma a la cabeza avellanada con una lima. Luego cuando paraba el torno, utilizaba una cuchilla rotatoria para hacer la ranura de la cabeza. Finalmente colocaba la espiga en un segundo torno para cortar la rosca. Esta era la parte más original del proceso. En lugar de guiar a mano la cuchilla, ésta estaba conectada a un tornillo-guía, de forma que la operación era automática. Así, en lugar de emplear varios minutos para hacer un tornillo, el operador del torno podía fabricar uno cada seis o siete segundos.

    El nombre latino del tornillo es cochlea, que en griego designa al caracol o a su concha. En cuanto al nombre latino de la vid es vitis, de donde proviene el término francés para tornillo, vis (y de ahí el inglés vise).

    RYBCZYNSKI, W. (2001). LA MEJOR HERRAMIENTA DEL MILENIO. La fascinante historia del tornillo y el destornillador. Planeta 2MIL1.

  • Algunos tipos de bisagras Bisagra embutida por el canto Máquina para fabricar tornillos de Jacques Besson, 1579.
  • El torno

    El torno cuenta con una larga historia; al parecer se trata de un invento europeo, ya que los ejemplares más antiguos que se conocen de algo fabricado con un torno son cuencos, uno etrusco del siglo VIII a. J.C. y otro del siglo VI a. J.C. que se encontró en la Alta Baviera. Aunque no cabe duda de que esos dos objetos de madera fueron torneados, el diseño del torno empleado en uno u otro caso nos es desconocido. La tecnología del torneado se extendió más tarde al resto del mundo mediterráneo, incluido Egipto, donde se ha hallado el dibujo más antiguo de un torno en un bajorrelieve del muro de una tumba egipcia que data del siglo II a. J.C. La pieza que se está torneando, que parece ser una pata de algún mueble, se mantiene verticalmente en un marco. El tornero sostiene una herramienta cortante que parece un escoplo; su ayudante tira hacia atrás y hacia delante de una cuerda enrollada a la pieza, haciéndola girar en ambos sentidos, y el tornero corta sólo en una dirección. El bajorrelieve egipcio muestra al tornero y su ayudante trabajando arrodillados en el suelo. Los romanos trabajaban erguidos, quizá porque habiendo inventado la garlopa, necesitaban una superficie plana a la que pudiera fijarse la pieza a trabajar y el resultado fue el primer banco de carpintero.

    El primer torno de precisión se construyó a finales del siglo XVIII por Henry Maudslay. Inventó la corredera, una barra absolutamente recta sobre la que se deslizaba el portaherramientas. Aunque ya Leonardo da Vinci había esbozado un artilugio similar, nunca se había puesto en práctica. No cabe subestimar la importancia de este invento; en los tornos anteriores, el tornero guiaba la cuchilla a mano, pero ahora la corredera permitía que ésta se moviera suave y precisamente a lo largo de la pieza a trabajar. Su primer éxito (en 1797) lo consiguió con un torno para cortar largos tornillos que incorporaba un tornillo regulador de 90 cm de longitud. Más tarde, siguiendo los pasos de Leonardo, añadió engranajes intercambiables para fabricar tornillos de diferentes diámetros y paso de rosca. Inventó y produjo una gran cantidad de máquinas, para hacer planchas de metal, para troquelar monedas, para imprimir, pero lo que le dio mayor fama fueron los primeros motores de vapor para barcos. El siglo XVIII vio muchas mejoras del torno. En 1710, un sueco construyó un torno para un corte preciso de tornillos de hierro; cincuenta años después, un francés completó un torno industrial con carro transversal; hacia 1796 un mecánico de Rhode Island construyó un torno avanzado para la fabricación de tornillos, pero fue Maudslay quien sintetizó todas esas características y produjo el primer torno capaz de trabajar a gran escala, que iba a ser la herramienta madre de la era industrial. También propugnó la uniformidad de los tornillos de forma que cualquier tuerca se ajustara al correspondiente perno, hasta entonces cada par de tornillo y tuerca era único. Maudslay murió en 1831. La inscripción grabada en su tumba lo describe como "ingeniero eminentemente distinguido por la precisión matemática y la belleza de sus construcciones", pero uno de sus obreros, en el epitafio que pronunció dijo: "Era un placer verle cogiendo la herramienta que fuera, pero con la lima de 45 cm era auténticamente espléndido".

    RYBCZYNSKI, W. (2001). LA MEJOR HERRAMIENTA DEL MILENIO. La fascinante historia del tornillo y el destornillador. Planeta 2MIL1.

  • El primer torno de Maudslay para cortar tornillos -1797-.
  • La madera y los bosques

    A lo largo de la historia de la humanidad, la madera ha sido el héroe silenciado de la revolución tecnológica. Todas las grandes civilizaciones se han servido de ella: los árboles han sido el principal combustible y el material de construcción principal. Tanto es así que los escritores de la antigüedad observaron que los bosques retrocedían, a medida que crecían las civilizaciones, en sentido contrario, los bosques tienden a regenerarse cuando una sociedad entra en decadencia. Los árboles han suministrado el material para encender el fuego, gracias al fuego se pudo habitar en climas fríos, se transformaron en alimentos cereales que no podían comerse crudos; se transformó la arcilla en cerámica, se extrajo el metal de la piedra, lo que revolucionó los aperos agrícolas, los utensilios y las armas, se pudieron producir materiales de construcción duraderos, como el ladrillo, el adobe, la cal... El carbón vegetal y la madera proporcionaron el calor necesario para evaporar el agua de mar y producir sal, fundir potasa y arena para fabricar vidrio, cocer el pan...

    El transporte hubiera sido impensable sin la madera. Los barcos de cabotaje de la Edad de Bronce hasta la fragata del siglo XIX, se construyeron de madera (cuero y caña eran más frágiles para soportar grandes pesos). Carros, carrozas y carretas, eran esencialmente de madera, barcos de vapor y locomotoras de ferrocarril utilizaron la madera como combustible. Embarcaderos y muelles, puentes, traviesas de ferrocarril, ruedas hidráulicas, molinos de viento (principales productores de energía hasta que se dispuso de la eléctrica), arados y aperos con mango de madera, toneles y barricas y las herramientas de carpintero también son en parte o en su totalidad de madera.

    La madera era la base en la que se asentaban las civilizaciones antiguas y estas reconocían su deuda con la madera. Platón escribió que todas las artes y oficios derivaban de la minería y la selvicultura. Lucrecio, el filósofo latino creía que la madera hacía posible la minería y la civilización. Plinio, coincidía con Lucrecio en que la madera era indispensable para el mantenimiento de la vida. Cicerón explicó la importancia de la madera para la civilización romana: "Cortamos árboles para cocinar los alimentos, edificar, protegernos del calor y el frío... y también para construir barcos que naveguen en todas direcciones para traernos todo lo necesario para vivir". Lucrecio decía que madera proporcionaba el calor para extraer metales, los metales podían fundirse y moldearse de cualquier forma, de ahí las herramientas, que a su vez hicieron posible la selvicultura y la carpintería al permitir a los seres humanos "talar bosques, cortar la madera, desbastarla e incluso labrarla con el taladro, el cincel y la gubia". Así surgió la civilización, según Lucrecio. PERLIN, J. (1999). Historia de los bosques. GAIA Proyecto 2050. Madrid.
    La madera, además de soporte para la mecánica medieval, se puede decir que informó de tal manera esta época que sin su concurso difícilmente hubiese existido desarrollo alguno. Lewis Mundford no exageraba al decir que "la gran conquista racional del hombre del medio ambiente es obra, fundamentalmente, del hombre del bosque. En parte, la explicación de su éxito puede descubrirse en razón de los materiales que usa. Pues la madera, mucho más que otro material natural, se presta a la manipulación: hasta el siglo XIX ocupó un lugar en la civilización que los metales mismos hubieron de tomar sólo después de aquel momento". Tal fue la dependencia de la madera durante la Edad Media que no resultan sorpresivas las rígidas medidas que, en algún momento, fue preciso adoptar ante la gran deforestación que su uso provocaba. Jean Gimpel alude a un caso extremo y sobrecogedor en el norte de Francia durante el siglo XIII: "La madera era tan rara y tan cara que para enterrar a sus muertos, los pobres alquilaban un féretro, pues no la podían comprar". Supuestamente que hubiese donde caerse muerto, pues, además de la tierra y sus bichos, los bosques eran propiedad muy restringida y objeto de celosa administración dada la demanda de materia prima y el consiguiente beneficio. LEGAZPI,J.M. (1991). Ingenios de madera: Carpintería mecánica medieval aplicada a la agricultura. Caja de ahorros de Asturias. Asturias.

  • Legionarios romanos talando árboles
  • La evolución de la tecnología en la carpintería

    EL OFICIO DE CARPINTERÍA EN LA HISTORIA. La madera, recurso estratégico
    Según Lucrecio las herramientas hicieron posible la industria forestal y la carpintería al permitir talar árboles, cortar la madera, desbastarla e incluso labrarla con el taladro, el formón y la gubia.
    Sin embargo esta relación, como se ha puesto de relieve recientemente no ha sido casi nunca sostenible porque provocaba un círculo vicioso de consumo y destrucción. En efecto, para obtener metales se utilizó hasta el siglo XVII la leña y el carbón vegetal, lo cual arrasaba bosques enteros. La propia minería consumía grandes cantidades de madera. La existencia de herramientas metálicas favorecía las otras dos grandes aplicaciones de la madera, la industria naval y la construcción civil (ladrillos cocidos y vigas de madera), por lo que se hacían necesarias nuevas y abundantes talas. Las talas indiscriminadas y abusivas tuvieron en la antigüedad importantes repercusiones ecológicas y cambiaron la superficie de la tierra, los ríos y las ciudades. Mientras fue el materia prima básica, la madera fue un recurso estratégico que aseguraba el predominio político y militar por lo que todas las grandes civilizaciones e imperios debieron asegurarse primero su suministro. La civilización mesopotámica (unos 6000 años a de C) carecía de piedra, metales y madera por eso buscaban los bosques de cedros y las montañas de plata en los territorios del Este.

    La civilización egipcia (unos 3000 años a de C) no disponía de grandes escuadrías por lo que se veían obligados a importarla de Fenicia (hoy el Líbano) con destino a la construcción naval. Mesopotamia según relata el poema de Gilgamés (2700 años a de C) arrasó sus bosques y se vio obligada a traer madera de Lagash (actualmente Turquía). Desde la civilización de Cnosos (2000 a de C) el carbón vegetal ha sido el combustible ideal para obtener metales (según relata Plinio en sus Historia Natural).

    La civilización micénica (1200 a de C) producía cobre para la fabricación de hachas, azuelas y sierras en tales cantidades que consumieron todo el combustible vegetal y hubieron de cesar en 1050 a de C, con el consiguiente declive de su población y su cultura material.

    La civilización griega (desde el 700 a de C) empleaba también hornos de carbón vegetal para fundir sus herramientas. Los romanos expoliaron los bosques de Chipre para relanzar la minería y la fundición de cobre así como el cocido del ladrillo (unos 500 millones de pinos). Las autoridades se vieron obligadas a limitar la tala indiscriminada para asegurar su propia subsistencia.

    Organización gremial
    Ya los romanos se organizaban en sociedades obreras, que funcionaban no tanto como sindicatos, sino como clubs sociales: organizaban sus fiestas e intercambiaban experiencias. Los carpinteros también lo hacían así y cada nuevo miembro, pagaba una cuota de entrada; junto con los recursos de mecenazgo, estas rentas de cofradía permitían a sus miembros disfrutar de los banquetes y proporcionarse unos funerales decentes, a los que también seguía un banquete.

    Los gremios de la Edad Media nacen, en cambio, como hermandades o cofradías con finalidades cooperativas, de defensa propia y con carácter religioso. Sus miembros están gerarquizados y existe una rudimentaria formación reglada con aprendizaje y exámenes. Entre ellos se establecen reglas laborales próximas a nuestros actuales 'convenios colectivos'. Los salarios solían estar fijados y eran revisados por el gobierno. Sin embargo seguían pareciéndose a los romanos en su gusto por los banquetes y funerales. Eran herméticos y constituían monopolios exclusivistas y proteccionistas.

    El gremio de carpinteros tenía en algunas ciudades la obligación de apagar los incendios, seguramente por aquello de que 'el que la hace la paga'. La jerarquía de mayor a menor era: el alcalde, veedor, inspector y examinador. El último eslabón era el aprendiz, mozo de oficio o peón.

    Desde los árabes se mantiene la distinción entre alarifes o constructores (más parecidos a los arquitectos o aparejadores de ahora) y artesanos, herreros, tejeros, albañiles, canteros y carpinteros, aunque estos dos últimos oficios podían llegar a unificarse. Los grupos más importantes eran los carpinteros de lo prieto (los que hacían ruedas y carros) y los carpinteros de ribera (los que fabricaban barcos). Los carpinteros eran un grupo creativo y especializado. Los había torneros, carreteros, carpinteros de lo blanco, de ribera, o carpinteros a secas. Los carpinteros se diferenciaban de los aserraderos o fragueros y formaban parte de lo que hoy denominamos Segunda transformación o elaboración de la madera.

    Los primeros estatutos que conocemos son los franceses, de finales del siglo XIV y distinguían entre mueblistas (menuiseures) y carpinteros de armar (charpentiers). Sus estatutos estuvieron vigentes hasta 1645. En ellos se establecía que un maestro no podía tener más que un aprendiz. El aprendizaje duraba 6 años y se terminaba con una especie de trabajo fin de carrera que examinaba un jurado. El jurado estaba compuesto por 6 miembos y un síndico elegido democráticamente. Cada maestro recibía 4 veces al año visitas del jurado, que se aseguraban así, del aprovechamiento del aprendiz y las condiciones de trabajo. Si el jurado no estaba conforme con algo, se podía retirar la licencia al artesano. Se revisaba la marca con que se 'firmaban' las obras, ya que cada uno tenía la suya. El carpintero debía poseer ciertas nociones de aritmética y de geometría descriptiva para poder trazar planos.

    Durante la Edad Media, las grandes obras, como las catedrales, estaban a cargo de un maestro constructor, que diseñaba los planos de obra y de carpintería y a quien estaban sujetos los demás oficios, entre ellos los de carpintería y vidriería. El maestro contrataba y despedía y pagaba a los equipos, los cuales sin embargo, mantenían sus autonomía y firmaban muchas veces sus obras. La Ilustración se encargaría de acabar con el sistema, pero también de darnos a conocer el estado del arte de la carpintería gracias a la Enciclopedia.
    El los siglos XIX y XX tanta exigencia dejó además de tener sentido ante la disminución del trabajo; el hierro comenzó a imponerse como material de construcción.

    Precios y salarios
    Desde la Edad Media, excepto el oficio de armas, que estaba bien pagado, los demás obreros vivían mezquinamente. Para aquella minoría adinerada y poderosa trabajaban todos los oficios y en particular los carpinteros. Además de estos clientes laicos muchos trabajaban exclusivamente para los monasterios y la Iglesia, donde se exigía un alto nivel de calidad. El nivel técnico alcanzado era altísimo como lo prueba la pervivencia de muchísimas obras a lo largo de siglos. Los pagos (en dinero o en especies) se hacían en tres plazos: al comenzar, a la mitad y al acabar las obras. Otro sistema era el de certificación y pago de partes realizadas.

    La jornada de trabajo no se sabe con certeza aunque se supone que era de sol a sol. Algunos datos que tenemos es que un carpintero hacia 1580 cobraba 3 reales/día, igual que un cantero y un albañil, mientras que un maestro de oficiales de carpintería cobraba en 1562, 5,5 ducados/día (un ducado = 375 maravedís, 1 maravedí en 1598 equivale a 100 ptas en 1998 y un ducado a 37.500 pta). Otro dato orientativo son los precios de las viviendas (el alquiler anual de una casa en Cuenca en 1577, era de 14 ducados y en 1597, de 6,2 ducados). En 1748 en Canarias una puerta exterior cuesta 110 reales, una ventana simple, 100 reales, una ventana doble 160 reales y una escalera 250 reales. 5 ventanas altas iguales, 600 reales. En 1757 la hechura de puertas tableradas 30 reales (descontando la madera). Los marcos se facturan aparte. En 1783 por la hechura de tres puertas y una ventana, 18 reales de plata, por su colocación 4 reales. La madera para hacerlas, 27 reales. Los marcos valen 20 reales la madera y 10 reales la hechura. Los herrajes de esas tres puertas (incluyendo argolla, dado y zapata) 12 reales.

    Enseñanza
    La organización del aprendizaje era la siguiente. En la cúpula del equipo figuraba un maestro que tenía a su cargo uno o varios oficiales. A su vez los aprendices se ponían bajo la tutela de los oficiales para su instrucción. La obligación del oficial era atender la manutención completa del aprendiz y enseñarle el oficio. El tiempo de aprendizaje solía durar entre 3 y 4 años y luego se sometían a un examen, como queda dicho. El objetivo final era limitar el número de maestros y evitar una excesiva competencia. El examen tenía una parte teórica y otra práctica (ejecución de puertas, ventanas y armaduras, etc.).

    El 28 de febrero de 1787 una orden del conde de Floridablanca estipulaba que no se concediesen títulos de arquitectos y maestros de obras sin que los artesanos fuesen examinados por la Real Academia de San Carlos de Valencia o la de San Fernando de Madrid. Se trataba de instaurar arquitecturas eruditas con los estilos al uso.

    Contratos
    Desde la Edad Media los contratos de carpintería entre propiedad y artesano se elevaban a público ante notario, regidor o escribano público con expresión detallada de la obra a realizar, especies de madera, calidades y mediciones, cantidades recibidas a cuenta y adeudadas a plazos convenidos. Los pagos podían ser dinerarios o en especies (normalmente en fanegas de trigo). El carpintero podía encargarse o no de la compra y acopio de la madera y del resto de materiales (clavos, etc.).

    Almacenes
    Especialmente después de las deforestaciones de los siglos XV y XVI se dictaron severas ordenanzas para los turnos de corta y se comenzaron a hacer algunas repoblaciones. Las Ordenanzas de Carlos III, las primeras reglamentaciones que conocemos, demuestran que los precios estaban intervenidos. En ellas se indicaba que “Todas las personas que tuvieren corrales de madera deben acudir a Madrid en su Ayuntamiento para que se les dé precios de cómo han de vender cada género, no siendo ellos los árbitros, como lo han sido hasta ahora, para alterarlos cuando se les antoja. Así una viga para una prensa de almazara, valía 110 sueldos (1 sueldo de 1598 equivale a 1.700 pta en 1765). Cada madero de a diez, doble, tiene catorce pies de largo (1 pie = 0,378 m) y por tabla siete dedos (1 dedo = 1,737 cm ó 1/16 de pie) y por canto cinco de vara castellana (una vara castellana = 0,86 m); éstos siendo de buen ley, valen a seis reales y cuartillo de vellón” (un real = 34 maravedís y un cuartillo de vellón = 8,5 maravedís). Todos los alarifes municipales debían entrar en los almacenes de madera para comprobar que ni las lluvias ni los soles habían deteriorado el género y los almacenistas no podían impedir la entrada bajo pena de doscientos maravedíes de multa y aun de azote. Los contratos particulares insistían en considerar sólo el duramen, despreciando la ‘madera blanca’, y que fueran sanas y limpias. Desde el siglo XVII se importa madera de abeto y roble europeo. Antes se había empezado a traer maderas nobles de América.

    TECNOLOGÍA DE LA CARPINTERÍA EN LA HISTORIA.

    Un apunte histórico
    La historia de la carpintería está íntimamente relacionada con dos factores. Uno técnico, en cuanto al desarrollo de la tecnología de la madera (corte, secado, uniones, acabados, etc) y otro cultural, como un elemento más de la construcción (estilos arquitectónicos, muebles, etc.).

    Edad Antigua
    La arqueología ha descubierto la existencia de sierras y formones (incluso de oro) en tumbas y sarcófagos sumerios). La civilización egipcia, especialmente el Nuevo Imperio, posee un carpintería y un mobiliario avanzado, fruto de cuarenta siglos de civilización y que conocemos gracias a los descubrimientos arqueológicos recientes (siglo XX). Los ensambles se hacen a caja y espiga y se usan unas pocas clavijas de madera. Los clavos metálicos no se conocen. Las superficies se cierran con bastidor y tablas que se insertan en él verticalmente. Los egipcios empleaban casi exclusivamente maderas importadas, sobre todo de Cilicia especialmente el olivo, la higuera, el sicomoro, el tejo y el cedro. Además desarrollan el arte de la incrustación del marfil, nácar y oro. Como herramientas, se valían fundamentalmente del formón con el que realizaban desde tallas de adorno, hasta paneles de muebles y otros objetos de uso doméstico. La carpintería asiria y persa es parecida a la egipcia y solo aporta el empleo de grapas metálicas en las uniones y la tornería. La carpintería griega y romana es de construcción rígida y líneas sobrias. Al igual que de las civilizaciones mesopotámicas conocemos su forma por inscripciones, pinturas, relieves y escritos ya que no han llegado hasta nosotros ningún resto. Los romanos conocían el cepillo de carpintero, además de las gubias, azuelas, formones, tenazas y martillos, clavazón de grapas y lañas.

    La Edad Media
    Como ya se dicho en diversos lugares, el hundimiento del Imperio romano hizo retroceder la tecnología hasta niveles arcaicos pero desde los romanos hasta la alta Edad Media. En los siglos X y XI los paramentos ya se empanelaban con un armazón y tablas grapadas en vertical. Hacia finales del siglo XIII se difunde en casi toda Europa un estilo arquitectónico avanzado, el gótico, con una carpintería más refinada en lo formal (arcos ojivales, paneles en relieve con decoración ‘plegada’, etc.) y en lo tecnológico. Aunque domina la talla, se desarrolla el panelizado a base de bastidor enclavijado y plafón. También comienza el chapado con especies nobles (fresno, arce, etc.). Se mejoran los ensambles y las fijaciones a base de clavijas, grapas y lañas. Se empiezan a usar colas de origen animal. Desde el siglo XIII se tornea la madera siguiendo la tradición hispano-musulmana y se recuperan herramientas que ya utilizaban los romanos. La riqueza de motivos ornamentales en los muebles nos permite deducir la recuperación, para el taller, de azuelas, pequeñas sierras, cepillos, berbiquís, gubias y formones. La cerrajería alcanza en esta época un desarrollo notable. No hay que olvidar que desde el siglo XII existen forjas hidráulicas en Europa al dominar la tecnología de reducción del mineral de hierro en hornos de leña y carbón vegetal. El acabado de las piezas es basto: en piezas de construcción se deja muchas veces la cara hendida que deja la fibra entera. El acabado fino es a base de azuela que deja una superficie lisa pero de relieve ligeramente escamado. La azuela era muy difícil de manejar, tenía un gran filo y pesaba unos 2,5 kg. Al contrario que el aserrado al hilo, el escuadrado exigía más habilidad que fuerza porque cualquier mella podía echar a perder todo el trabajo. Aún hoy es un acabado que se aprecia y se imita.

    Renacimiento
    A partir del Renacimiento el artesano de la madera sale del anonimato, se abandonan las rusticidades de otros tiempos y se gana en refinamiento. Se especializa en ebanista (mueble) y carpintero (construcción y estructuras). Adquieren importancia los moldurados, que exigen en el terreno tecnológico mejoras de las herramientas anteriores (cepillos de moldurar boceles para tornear balaustres etc.). Se mejoran con nuevos materiales los chapados a base de espejuelos, estucos (polvo de yeso y cola), taraceas, etc. El Renacimiento italiano pone de moda la madera de nogal y el castaño. Los acabados son mates y se oscurece con barniz y mordiente. En Francia se emplea el roble y en Alemania se emplean maderas más contrastadas y molduras más salientes. El Manierismo enriquece y complejiza las formas clásicas, lo que repercute en una tecnología más refinada por parte de artesanos y herramientas.

    Barroco
    Con el Barroco, Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Rococó en Francia y Reina Ana, Georgiano y Chippendales en Inglaterra, los artesanos se refinan a niveles nunca más alcanzados. La complejidad de las formas curvas exige el dominio de la geometría y de los sistemas de representación. Los ensambles son enormemente complicados. Con el desarrollo de las artes decorativas se amplía el catálogo de maderas exóticas y las oscurecidas con mordiente (ébano, palosanto, etc.). Los acabados se enriquecen con las lacas y revestimientos de marfil y carey, piedras y metales (platas, bronces). La taracea y el chapado se eleva a niveles inigualables. La moda de la laca y los motivos chinescos llega a través de las Compañías de Indias. Los paneles de madera se utilizaban como soportes y la nueva técnica se aplica a muebles, puertas y paredes. La laca, inicialmente importada de China se empieza a fabricar artificialmente en Inglaterra en el siglo XVII mediante disolución de sustancias resinosas en alcohol y esencia de trementina más aceite de linaza. En Venecia se inventa otro tipo de laca artificial a base de yeso y cola, que se decora con témperas y relieves de pastilla recubierto posteriormente con sandáraca (resina de enebro), un ‘vitrificado’ muy sólido y transparente.

    El siglo de las luces y los comienzos de la industria
    El siglo XVIII es el siglo de las luces y con él llega un primer intento normalizador [véase la Enciclopedia Diderot y D’Alambert (1751-1786)]. Los nuevos estilos de finales del XVIII y comienzos del XIX (Neoclasicismo y Regencia, Luis XVI, Directorio, Imperio y Restauración) coinciden con la revolución industrial inglesa y recuperan las líneas rectas y la madera maciza, especialmente la caoba. A nivel tecnológico este siglo XIX destaca por la invención de la cepilladora y la fresadora mecánicas, máquinas que sólo aliviaban medianamente el trabajo de carpintería. La transición del siglo XIX al XX supone el desarrollo de la tecnología del hierro y la decadencia de la madera como material de construcción y también en carpintería empieza a perder terreno. Algunos estilos de transición (Victoriano y prerrafaelismo) se caracterizan por su resistencia y su intento de recuperación de artesanías en decadencia frente a los excesos de la industrialización. El canto del cisne de la tecnología artesanal de la madera brilla a su más alto nivel en los estilos de cambio de siglo: el Art Nouveau a comienzos de siglo XX (se conoce como Modernismo en España, Jugendstil y Secesión en Alemania, Modern Style en Inglaterra y Liberty en Italia) y el Art Déco en el periodo de entreguerras.

    INVARIANTES TECNOLÓGICOS HASTA EL SIGLO XX

    Con el desarrollo de la industrialización de la carpintería se desplaza definitivamente al artesano a un sector marginal naval en el siglo XVI pero sólo se emplearon en este sector concreto.
    Lo que se hacía generalmente era el corte al hilo (siguiendo la veta) que se ejecutaba en el propio bosque, a base de brazos, apoyando el tronco en un trípode. Otro sistema más antiguo era el hendido longitudinal de los troncos con ayuda de cuñas. (Ya la Eneida decía en su libro sexto: relata cómo “caen los pinos, resuenan la encina y el fresno, heridos de las hachas, y el hendible roble se raja a impulso de las cuñas”). Los maderos obtenidos de esta forma eran más resistentes al preservar la integridad de la fibra. En cualquier caso el aserrado era lento y caro, especialmente en especies duras como el Roble que era la más usada en carpintería.
    Las piezas se marcaban al corte con líneas señalando dimensiones ‘normalizadas’ para su uso final (vigas, planchas, piecerío para carpintería, tablas, etc.) y con una sierra de cinta (enmarcada en un gran bastidor de madera o con dos mangos en sus extremos), un operario arriba y otro abajo, se iba descargando la herramienta sobre la madera. El hombre de arriba guiaba la hoja que mordía la madera al descender y el de abajo es el que hacía más fuerza. La madera así cortada, se vendía a los carpinteros a través de rematantes. De estas piezas se separaba la albura para usos residuales quedándose el carpintero con el duramen ya que se sabía por experiencia que su durabilidad natural y su resistencia eran mayores. El largo cumplido se solía medir en pies, el ancho o grueso en palmos, dedos y pulgadas y el alto en palmos. Sistema de medidas, que sigue vigente en algunos países de influencia anglosajona y que es, cuando menos, muy intuitivo. Así las vigas tienen entre 20-26 pies (hasta 7 metros) y un palmo de alto y medio de grueso. Las tablas de sollar o solladía (lo que llamaríamos tarima) se destinan a los suelos pero también a plafones de puertas. Las tijeras son tablas de aplicación en bastidores de ventanas y puertas y también en armaduras. Las tablas de forro de dos palmos de ancho servían como revestimiento También existían cortes especiales para las huellas de escaleras, pasamanos, etc.

    El taller de carpintería tradicional hasta el siglo XX
    En el proceso de fabricación tradicional la madera comprada permanecía almacenada al exterior, hasta el momento de ser mecanizada. Si no tenía la humedad adecuada se la secaba al aire antes de que se conociera el secado artificial. En los talleres se comenzaba a trabajar a partir del tablón que se sacaba, como queda dicho, del tronco con sierras «braceras». Si venía en tronco, la madera se conducía hasta una mesa, donde una sierra múltiple la cortaba longitudinalmente pudiendo dar hasta seis cortes. Posteriormente se realizaban los cortes transversales o tronzado. Después se daban una serie de cortes al tablón a lo largo con sierras de cinta o a mano. Después del despiece, en un banco, con la garlopa, se hacía una cara. Con la escuadra se comprobaba la perfección del ángulo, y en caso contrario se marcaba con el gramil lo que sobraba o faltaba. Operación que se repetía en las otras caras. Después, se trazaban las líneas para hacer las cajas, que se hacían a base de un escoplo (una especie de formón más grueso). Antes de hacer las espigas, se utilizaba un cepillo cuyo filo tenía la forma de moldura lo mismo que las ranuras que eran necesarias para los plafones de las puertas y para las juntas, cámara de descompresión y contactos hoja-cerco de las ventanas. A continuación se realizaban las espigas, para conseguir unos ensambles perfectísimos que se realizaban a base de cola, cuñas y clavos de madera. Seguidamente venía la colocación del herraje y el montaje de la carpintería. En el caso de la ventana, y ya en obra, se realizaba el acristalado y el sellado.

    Las primeras máquinas en la fabricación tradicional
    El taller de carpintería ha evolucionado muy poco hasta mediados del siglo XX, con saltos cuantitativos más que cualitativos. Durante la Revolución Industrial, en el último cuarto del siglo XIX, las primeras industrias que se adaptaron a los nuevos tiempos fueron las más estratégicas: armamento, relojería, textil y agraria. Las máquinas para la madera más desarrolladas en esta época eran las accionables a pedales.

    Como en el resto de sectores industriales, el desarrollo de la máquina-herramienta, esto es, las máquinas que hacen máquinas, comenzó en el siglo XIX. Para ello, era imprescindible la estandarización y la intercambiabilidad de sus componentes. Sin embargo hasta mediados de la década de 1960, los productos de carpintería se fabricaban en talleres cuya maquinaria muy elemental: sierra de cinta, sierra circular, cepilladora (frecuentemente complementada con un taladro, en cuyo caso se llamaba combinada o universal), regruesadora y tupí.

    En función de la capacidad de producción esta maquinaria básica se complementaba con sierra circular de ingletear, escopleadora, espigadora, fresadora para hacer las colas de milano, torno, lijadora de banda, sierra de marquetería o calar, y diversa maquinaria portátil. Con esta maquinaria se fabricaba todo tipo de carpintería: puertas, ventanas, suelos, frisos, y hasta armarios empotrados y muebles para la cocina, librerías, etc. Más adelante, el perfil de cercos y hojas pasó a hacerse en una moldurera distinta de la del resto de los productos (jambas, precercos, rodapiés, etc).

    Estas nuevas moldureras y perfiladoras permitieron producir perfiles muy esbeltos sin merma de sus características mecánicas. Después se armaban los perfiles de forma tradicional: a caja y espiga, a doble escuadra o a falsa espiga. Las uniones se reforzaba con adhesivos sintéticos (urea-formol en las juntas gruesas, vinílicas, termo-endurecibles y de resorcina en el resto), con una resistencia mecánica al envejecimiento prácticamente indefinida, incluso superior a la de la propia madera. Tras el encolado y prensado se colocaba el herraje de las ventanas en una máquina especial que primero realizaba el taladro y después atornillaba el pernio o la bisagra. Las líneas de fabricación incorporaban ya un sistema de aspiración de serrín y viruta, que conducía los residuos a silos para su posterior aprovechamiento.

    Líneas de fabricación en la década de 1970
    La madera se seguía adquiriendo seca al aire, completándose el secado en el almacén durante varios meses o años. La elaboración del producto se iniciaba todavía con el despiece del tablón o tabla en la sierra de cinta o de mesa. La sierra de cinta, o sierra de cinta sin fin, tiene dos volantes (de entre 70 y 90 cm) entre los que se sitúa la cinta de sierra. Tiene una guía que se desplaza sobre la mesa para permitir variar el ancho del corte. Éste es siempre longitudinal. Por lo general las sierras se preparaban (afilaban y triscaban) fuera de la empresa, en talleres especializados, que disponían de maquinaria adecuada salvo que el tamaño de la empresa justificara un departamento propio de afilado.

    La sierra circular permite cortes longitudinales y transversales, es decir, dimensionar las piezas. La mesa de la máquina tiene unas guías que facilitan esos cortes y permite elevar la pieza con relación a la posición del disco para ajustar su altura al grueso de la pieza. Es imprescindible para trabajar con seguridad que tenga sistemas que impidan el retroceso de las piezas, el pinzamiento de la sierra y que se pueda introducir la mano durante el corte. En algunos modelos se puede inclinar la mesa para cortar a inglete. La cepilladora más la regruesadora son máquinas que ajustan perfectamente el grueso deseado de la pieza y cepillan las caras. Consta esencialmente de un eje donde se colocan unas cuchillas, y dos mesas, una anterior en el sentido de avance de la pieza, que se mueve permitiendo diversas alturas y otra posterior y fija, de forma que su altura relativa respecto de la mesa móvil define el grueso que debe comer el sistema de corte. Una vez cepillada una cara se consigue el grueso de la pieza, a la vez que cepilla la cara opuesta, por medio de la regruesadora. Esta última máquina consta de un eje en el que se colocan las cuchillas que cepillan la cara la de la pieza, un sistema de avance de la madera y una mesa que, por medio de un movimiento vertical, permite ajustar el grueso final. Si la diferencia entre el grueso inicial y final es muy grande es necesario pasar la pieza de madera varias veces por la máquina.

    Es muy normal que la cepilladora se combine, aprovechando el mismo motor, con una fresa o taladro para cajeados y taladrados. Más que por el ahorro de maquinaria, estos aparatos se justificaban por el ahorro de espacio en el taller. En algunas versiones se combinaban cepilladora, regruesadora, fresa o taladro, sierra circular y tupí. Sin embargo pronto se comprobó que era más útil y preciso contar con distintas máquinas que tener un compacto cuyo uso resultaba incluso peligroso. En el terreno de la maquinaria ‘menor’ complementaria están la escopleadora, el torno, la sierra de calar y la tupí. La escopleadora era de dos tipos fundamentalmente: - De broca. Una columna que lleva el motor y el portabrocas y un carro con movimiento en los 3 ejes. Esto permite subir y bajar la mesa, acercar la pieza a la broca y desplazarla a izquierda y derecha realizando la mortaja o escopleadura. Con esta máquina se pueden realizar por tanto taladros y cajas (mortajas) o escopleaduras (si se atraviesa totalmente la pieza). - De cadena, formada por una columna que lleva un sistema de giro de la cadena de eslabones cortantes (similar a una motosierra) y una mesa con los tres movimientos. Incluso existían modelos de mesa inclinable. Las mortajas pueden ser de caja cerrada o escopleadoras abiertas.

    El torno se empleaba para la elaboración de piezas de revolución. Una máquina imprescindible para talleres de muebles. Las piezas de madera se colocaban entre dos carros, que pueden separarse, sobre unos cabezales, uno con garras que obliga a girar la pieza; mientras un formón, que se apoya sobre un soporte, se desplaza entre las dos garras y va comiendo la madera. La sierra de calar, también llamada sierra para marquetería, está formada por una columna con un brazo, que permite salvar anchos de piezas grandes. Sostiene un carro en el que se sujeta por medio de una mordaza una estrecha hoja de sierra la cual se sujeta en el otro extremo por debajo de la mesa con otra mordaza. Un dispositivo, por medio de una excéntrica, comunica a la hoja un movimiento de vaivén. La tupí es una fresadora de eje vertical cuyo motor está en la parte inferior, de forma que sobre la mesa emerge el eje sobre el que se colocan los hierros con la contraforma del perfil de la pieza que se quiere obtener. Es una de las máquinas más empleadas en la carpintería tradicional y una de las más peligrosas también. Según los hierros colocados, se obtienen los diferentes perfiles. Se puede acoplar un carro que permite hacer lazos de cola de milano.

    En un principio el carpintero preparaba los hierros para cada perfil y se cuidaba de su afilado. Con la espigadora se trabajan los extremos de los perfiles para ensamblarlos entre sí y formar el bastidor. Esencialmente consta de una serie de ejes verticales y horizontales que sostienen sierras, cuchillas y fresas con las formas necesarias para la espiga deseada. Con esta máquina se hace todo el perfilado de la testa con gran precisión. Esta máquina fue un avance importante en los talleres de carpintería, aunque sólo una producción elevada justificaba su adquisición. En algunos modelos se complementaba con una escopleadora que iba realizando el perfil de la pieza donde se encajaba el extremo espigado. A partir de los años 60 el impulso cada vez mayor de las industrias de la construcción obliga a las carpinterías a esfuerzos importantes de racionalización y especialización. Una evolución de este tipo o la reordenación de los métodos de producción no pudo ser una simple adaptación de los métodos artesanales, había que redefinirlos en función de las nuevas necesidades. Las máquinas tradicionales, por lo menos las más importantes, seguían asegurando su trabajo pero era preciso construir las instalaciones de enlace entre ellas, un estudio de los tiempos y procedimientos de control.
    -PERAZA, J.E. (2000). La evolución de la tecnología de la carpintería. Boletín de información técnica de AITIM, Nº 206. AITIM. Madrid.

  • La madera de tejo

    La madera de tejo (Taxus baccata L.) es de muy buena calidad y de las pocas coníferas que pueden ser curvadas al vapor, es muy estimada por ebanistas y torneros ya que acepta el pulimento y se tornea bien al ser muy dura, compacta y resistente, su color suele ser rojizo con albura amarillenta. Su empleo tradicional solía ser para la fabricación de arcos, dada su gran elasticidad; también para lanzas, picas (que los romanos llamaron taxus), para e jes, husos (instrumento de forma redondeada que sirve para hilar), recipientes e incluso para instrumentos musicales. En la actualidad se emplea para chapas de revestimiento, piezas de artesanía y elementos ornamentales torneados. Su gran resistencia hizo que fuera seleccionada por algunos faraones para construir sus sarcófagos, 2400 años antes de nuestra era.
    -LA GUÍA DE INCAFO DE LOS ÁRBOLES Y ARBUSTOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. INCAFO. Madrid.

  • Tejo, hojas y fruto Madera de tejo.
  • La madera de acebo

    Ilex es el nombre que recibía la encina entre los romanos y se aplicó al acebo por la similitud entre las hojas de estas dos plantas. La madera de acebo (Ilex aquifolium L.) es muy pesada y, lo mismo que la de boj, no flota en el agua. De color blanco o grisáceo, de textura fina y uniforme, careciendo de dibujo, muy dura y difícil de trabajar. Estimada por ebanistas y torneros, toma bien los colorantes y se suele teñir de negro para imitar al ébano. Se ha utilizado también en la construcción y así nos relata Font Quer que fué la elegida para hacer las primeras ventanas del Palacio Real de Madrid.
    -LA GUÍA DE INCAFO DE LOS ÁRBOLES Y ARBUSTOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA INCAFO. Madrid.

  • Acebo, hojas y fruto. Palacio Real de Madrid.
  • Los primeros ferrocarriles

    El origen del ferrocarril hay que buscarlo en las minas metalíferas de la Europa medieval, donde pequeñas vagonetas de madera movidas manualmente transportaban el material a lo largo de los distintos pisos de las galerías, mientras que, en algunas ocasiones, en la superficie, vagonetas de mayor tamaño, tiradas por caballos, enlazaban las minas con los molinos y los puentes.

    Durante varios siglos los raíles fueron de madera, principalmente de maderas duras, resistentes al desgaste, como el roble, el carpe o el haya, algunas veces también utilizaron raíles de coníferas sobre los que disponían unas tiras de maderas duras, que eran reemplazadas periódicamente.

    Las vagonetas eran dirigidas mediante patines clavados a los bordes del raíl, mediante ruedas horizontales, que discurrían entre los macizos raíles, o mediante una clavija fija de madera dura o de hierro, que sobresalía de la parte inferior de la vagoneta y pasaba por una estrecha ranura existente entre las anchas tablas del raíl. La caja de la vagoneta solía ser de madera blanda, generalmente de abeto, con ruedas de olmo, una madera densa y compacta, cuyo grano, fino y trabado le confiere gran resistencia al resquebrajamiento. Estos sencillos ferrocarriles fueron muy abundantes en la Europa central y también existió alguno en Rusia, Suecia, Francia y Gran Bretaña.

    Los actuales ferrocarriles, con ruedas de pestaña, fueron desarrollados en Gran Bretaña, a partir de principios del siglo XVII, normalmente como medio de transporte desde las minas de carbón hasta los ríos y canales navegables de la isla. Los raíles solían ser de roble, fresno, haya o aliso y estaban sujetos a las traviesas mediante clavijas de roble. Algunas veces se utilizaron también raíles de abeto recubiertos por una delgada capa de haya que, por efecto del prolongado uso, se pulía de tal forma que se reducía considerablemente la fricción entre la rueda y el raíl.

    El armazón de roble de los vagones de carbón iba revestido con planchas de abeto y, en los modelos primitivos, las ruedas se hacían con discos de madera de distinto diámetro para formar así la rodadura o patín, o con varias piezas que se unían entre sí, con abrazadera de hierro en forma de S. Las zapatas de freno se apretaban contra las llantas de las ruedas mediante una larga vara de aliso.

    En Europa, entre los años 1790 y 1820, los raíles de hierro reemplazaron a los de madera pero, en América, hasta la década de 1820, se siguieron utilizando los de madera.
    -JOHNSON,H. (1994). La madera. Blume. Barcelona.

  • Vagón-carbón-madera. Vagón-carbón-madera. Vagón-carbón-madera. Vagón-carbón-madera.
  • Sistema constructivo: armazón

    La construcción a base de armazón es antiquísima. En las tumbas faraónicas se han encontrado gran cantidad de urnas, sillas, sillones, mesas y lechos construídos según este principio y que datan del año 1500 a. C. Es de suponer que estos ejemplares tuvieron otros predecesores.  La construcción a base de armazón, bastidor y panel además de ser muy antigua es la que más se identifica con la naturaleza misma de la madera. No es extraño, pues, que este procedimiento se haya mantenido hasta nuestros días en sus más puras líneas, artesanas y sencillas. Durante la Edad Media desempeñó un gran papel, particularmente en aquellas regiones donde existen maderas duras, como el roble. Y en aquellos países donde este tipo de madera era escaso se desarrolló la construcción maciza a base de tablas, para la que se empleaba preferentemente el pino.

    Como hasta principos del siglo XIV la construcción de muebles propiamente dicha era muy rara (los molinos aserradores surgen en este siglo) el torno desempeña un gran papel para la construcción de taburetes, bancos, mesas y lechos. Estos muebles se elaboraban en el mismo sitio donde se obtenían los pilares, es decir, las tornerías. Durante la época gótica el sistema imperante para la construcción de muebles fue el armazón a base de pilares de maderas duras.

    Ningún otro sistema constructivo se identifica tanto con la esencia de la madera como el de pilares y bastidores. La madera puede trabajar libremente, los paneles pueden contraerse y alabearse sin que por ello lleguen a perder estabilidad constructiva. Además estos procedimientos destacan por su gran resistencia e invulnerabilidad al continuo desgaste debido al uso diario.
    -SPANNAGEL, F. (1975). Historia Universal. Salvat. Barcelona.

  • Arcón egipcio del siglo II a.C. Armario construido a base de armazón. Armario ropero de dos puertas construído a base de armazón.Ensamble de un cornijal con sus correspondientes costados.
  • La crisis de la sociedad del Antiguo Régimen

    En las primeras décadas del siglo XVIII, la mayor parte de las manufacturas y actividades comerciales se efectuaban dentro del marco de las pequeñas empresas, en las que el maestro trabajaba con uno o dos oficiales. Excepto algunos trabajos pesados como manufacturas del hierro y de algunos productos textiles no presenta una especialización definida ni una clara distinción entre producción y venta. Por lo general los productos se producían bajo los ojos del comprador y dentro de una gran dispersión socioeconómica en la que la burguesía de este siglo se encontraba formada por una numerosa masa de pequeños patronos que velaban cuidadosamente por la seguridad de su estado social.

    Cada negociante, cada artesano, vigilaba a su vecino, asegurándose que no le hacía competencia (en muchas partes el anuncio estaba prohibido y se vigilaba la alteración de los precios). Si se producía alguna irregularidad (atracción fraudulenta del cliente o productos sin la suficiente calidad) el negociante se apresuraba a pedir la restauración del orden establecido, que representaba la mejor garantía de su derecho y porvenir.

    El sistema se basaba en la rutina y la monotonía: en el taller, el horario estaba regulado por la hora del campanario de la iglesia o la torre de la ciudad; la gente se levantaba temprano y trabajaba todo el día de sol a sol, más horas en verano menos en invierno. Si había poca luz en las tiendas, obradores y talleres, abiertos en oscuras y estrechas calles, era preciso una autorización especial, difícil y complicada, para utilizar velas y esta autorización no se requería tanto por temer peligros de incendio o para mitigar la fatiga del obrero, si no que se justificaba con la excusa de evitar la imperfección en las labores o la competencia desleal.

    Todos trabajaban al mismo tiempo y de la misma manera (en el marco de una rígida reglamentación corporativa). La monotonía y la falta de horizontes dominaban la vida urbana, mucho más tolerable, por otra parte, que la campesina. Para hacer más soportable tal régimen de trabajo y de vida se arbitraron fórmulas más o menos misticistas, como la oración en el taller, que no era una simple formalidad, sino un ejercicio que trataba de espiritualizar la abrumadora y fastidiosa tarea diaria.

    Paralelamente existían numerosos días festivos (algunos de los cuales todavía existen hoy como los lunes pascuales) que en vano trataban de atemperar el reglamento. Con todo ello el nivel de vida de este burgués medio era bastante modesto: las herencias eran poco importantes y tenían escasa repercusión en la vida familiar. Prácticamente vivían al día, atosigados por los problemas de una fuerte natalidad (compensada con una alta mortalidad infantil) que representaba un régimen de vida caro. Ante tal realidad, estos burgueses artesanos no podían permitirse el lujo de pensar en el mañana. No podían, de hecho, ahorrar. Se ha señalado, en este sentido, que en esta época la imprevisión no es un defecto, sino el signo de una confianza en el porvenir, en la solidez de las instituciones y en la permanencia de los dogmas religiosos, sociales y políticos.

    Dicho de otro modo, entre los burgueses modestos de esta época del Antiguo Régimen, no existía la preocupación de ahorrar un capital que sirviera de garantía para una vejez tranquila. Por el contrario, dominaba entre ellos la tónica de pocos ahorros y pocas inversiones.

    Sin embargo, esta forma de vida mercantil y artesanal no pudo resistir al progreso de las ideas de libertad y perfeccionamiento técnico que llegaron con la introducción masiva de la maquinaria (maquinismo), antesala de la Revolución Industrial.

    Estos hombres del siglo XVIII que no comprometían la relativa alegría de un presente en inciertas especulaciones sobre el porvenir, no pudieron permanecer insensibles ante el nuevo desarrollo y progreso material. Una vez que el espíritu religioso comenzó a debilitarse tuvieron que cambiar radicalmente de actitud, entusiasmándose ante el nuevo poder que el hombre adquiría sobre la naturaleza.

    Muchos factores adquirían complejidad, la máquina cuesta dinero y, por otra parte, produce con rapidez. Todo ello revoluciona conceptos y realidades: irá haciéndose necesario, para todos los patronos, aumentar el capital circulante y, por lo mismo, la cifra de negocios de la empresa. El productor de manufacturas debía comprar y vender más, para ello necesitaba ser rico.

    Lentamente el siglo XVIII se transforma y dinamiza: maquinismo, progreso de la organización financiera, progreso social, etc., constituyen aspectos de extraordinario empuje que posibilitaron que la sociedad burguesa se transformara radicalmente, así, dentro de un mismo oficio o rama de producción, algunos empresarios comenzaron a destacar por su riqueza y adquirieron prestigio y renombre en sus ciudades y regiones adyacentes.

    Algunos comenzaron a crecer desmesuradamente y a controlar a los demás y, en especial, el comerciante (que era, en la práctica, el dueño del mercado y árbitro de su extensión) iba dominando el conjunto de la nueva actividad económica. Así, en Inglaterra se fue produciendo el desarrollo de una nueva etapa del capitalismo y algo parecido ocurriría más tarde en otros puntos de Europa occidental.

    Paulatina, pero decididamente, las realidades económicas iban variando. Por una parte, cada vez más se precisaba de la concentración de grandes capitales. Por otra, los técnicos se hicieron indispensables al frente de las grandes nuevas empresas, acrecentándose su importancia conforme iban surgiendo nuevos progresos técnicos. Será de entre ellos donde se reclutará buena parte de la nueva burguesía capitalista del siglo XIX.

    A través de sucesivos y diversos reclutamientos, acabaría por definirse una nueva clase social, directora de la vida económica, que reivindicó tenazmente su vocación a la libertad en todos los terrenos. En paralelo una serie de tendencias gremiales (apuntadas ya por el capitalismo inicial desde el siglo XVI) fueron tomando mayor empuje y concreción, por ejemplo el aumento de las actividades industriales fuera del recinto de las ciudades, aumento favorecido por factores como la existencia de cursos de agua necesarios para la fuerza motriz y la abundancia de mano de obra barata, que se sustentaba de sus propias parcelas y que no pedía a la industria más que un salario complementario.

    De este modo, en vísperas de la evolución burguesa y de la Revolución Industrial, todo un mundo viejo se estaba tambaleando por todos sus costados: las ideas de indulgencia, de tolerancia, de transformación, etc., fueron ganando sucesivamente terreno de modo que en Francia, en 1789 desempeñaron un papel definitivo. En España fueron ganando terreno los puntos de vista decididamente revolucionarios, como el del literato, economista y político Gaspar Melchor de Jovellanos (frente al recelo y arraigo a las viejas tradiciones de Antonio Campmany) en su Informe sobre el libre ejercicio de las Artes (1785), en el que aparece escrita una consigna que hará fortuna en la España del siglo XIX como grito de guerra del liberalismo económico “Rompamos las cadenas”.
    VV.AA. (2004). Historia Universal 16. Salvat. El País.

  • Mapa de Europa en 1648 Mesa del XVIII Cómoda de la segunda mitad del siglo XVIII Silla del XVIII
  • VV.AA. (2004). Historia Universal 16. Salvat El País.

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    VV.AA. (2004). Historia Universal 16. Salvat. El País.

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